jueves, 2 de agosto de 2012

The Dark Knight Rises, de Christopher Nolan



Christopher Nolan culminó su trilogía de Batman con "El Caballero de la Noche Asciende", un correcto tributo al cómic que deja de lado al cine. Su predecesora, "El Caballero de la Noche", es la mejor película realizada sobre un superhéroe hasta el momento. Y ésta es sumamente inferior. El Caballero de la Noche desciende.

Uno de los problemas que rodeó a El Caballero de la Noche Asciende meses antes de su estreno fue su aura épica desde la promoción. Uno de sus trailers anunciaba literalmente una "épica conclusión" y un spoiler que comprendía un problema: la evidencia de una de las escenas más impactantes de la película, que ocurre en el estadio de los Rogues, el equipo de fútbol americano de Ciudad Gótica, que en el cine pierde el factor sorpresa salvo en lo audiovisual. La épica anticipaba una continuidad, el cierre de la trilogía con un "ascenso".

El enorme éxito de su predecesora El Caballero de la Noche (2008), compartido por gran parte de la crítica, el público y la taquilla mundial, jugó su partido. Y quizá con razón, ya que es excelente. A destacar: es uno de los pocos films estadounidenses que ha abarcado con mayor verosimilitud artística el estado de paranoia y vigilancia post 11 de setiembre de 2001; es un explícito tributo al género policial de los últimos treinta años -en su cinematografía, a Manhunter de Michael Mann; en sus diálogos y monólogos recuerda la novela El asesino de la carretera, de James Ellroy-; cuenta con un sobresaliente trabajo de Christopher Nolan y su hermano Jonathan en la constitución de un villano (El Joker), acompañado por una inolvidable performance de Heath Ledger; y el final, con Batman huyendo como un paria a las sombras, a la cueva, tras asumir una culpa que no le correspondía por la muerte del fiscal Harvey Dent (devenido en Dos Caras), quien se convierte en un mártir para Ciudad Gótica. Mientras en El Caballero de la Noche hay sacrificio en Batman, en su sucesora hay culpa en todos sus personajes relevantes. Es el film que más se dedica al dual conflicto Bruce Wayne-Batman, ya que su guión recurre a la introductoria y correcta Batman Inicia (2005), lo que a priori parecía ser un buen paso para la conclusión.

En El Caballero de la Noche Asciende Ciudad Gótica es diferente a la del film predecesor. Pasaron ocho años luego de la muerte de Harvey Dent y el enfrentamiento de Batman ante la amenaza del Joker. Son tiempos de calma, donde la rigurosa Ley Dent es ejemplo y ha encerrado a los criminales más temibles de la ciudad. El comisionado Gordon es visto por sus colegas de la fuerza policial como un "viejo héroe de guerra en tiempos de paz", ergo, prescindible. Bruce Wayne se encuentra recluido en su mansión, con su pesar tras la muerte de su enamorada Rachel Dawes, y Batman es un fugitivo.

Bane es el nuevo villano, entrenado por Ra's al Ghul (Liam Neeson) en la Liga de las Sombras. El mercenario, establecido junto a su ejército clandestino en las alcantarillas de la ciudad, cuenta con un nuevo plan para alterar la paz reinante. Su mejor momento en el film es su enfrentamiento en las alcantarillas con Batman, a quien lesionará, expulsará de Ciudad Gótica y confinará en una cárcel remota que recuerda escenarios de Afganistán. Luego cometerá un atentado terrorista simultáneo en diferentes puntos de la ciudad y durante un partido de los Rogues colmado de público -con el único sonido del himno estadounidense cantado por un niño-, y activará una bomba nuclear.

El atentado asimismo aísla bajo tierra a la mayoría de policías de la ciudad, invirtiendo las posiciones de poder, y el villano y su ejército instalan una rebelión contra el orden: critican el culto a Dent, liberan la prisión de Blackgate -lo que evoca la histórica toma de la Bastilla en París- y ejecutan inmediatos procesos judiciales a los nuevos culpables con el doctor Crane (Cillian Murphy, villano en Batman Inicia) como juez, ahora evocando los años del "Terror" de la Revolución Francesa. Los sentenciados son empresarios, banqueros y pudientes, y los juicios son tratados a través de la sátira. Mediante este recurso, Nolan olvida el movimiento de los indignados Occupy Wall Street. No se ven manifestaciones de ciudadanos en las calles de su ciudad sumida en el caos. No son activos, ni siquiera existen en los planos aéreos. Su justicia no pesa más allá de valores éticos absolutos que por ellos enuncian los policías, y hasta se estigmatiza el supuesto conflicto con una batalla entre éstos y los mercenarios, que no son otra cosa que terroristas. Nolan apenas juzga a los poderosos; prefiere que los ausentes ciudadanos esperen que el orden y la seguridad que solo dependen de Batman, mientras al millonario Bruce Wayne, en el exilio, lo espera su castillo intacto. Finalmente no hay rebelión, hay una parodia. Una visión de justicia personal y protectora del héroe -propia del cómic de Bob Kane publicado por primera vez en 1939- aplaca un guiño histórico temporal que el mismo Nolan presenta pero no sostiene.

Bane es interpretado por Tom Hardy. Al ver la presentación físico-psicológica del personaje, no quedan dudas de que el notable papel del actor en Bronson (Nicolas Winding Refn, 2008) fue determinante para su elección por parte de Nolan más que su presencia en Inception, film anterior del cineasta. Hardy es un actor a considerar, con una presencia y un vigor que por momentos (Bronson, El Topo) pueden recordar al joven Marlon Brando de Un tranvía llamado deseo y Nido de Ratas. Pero aquí el problema es el desarrollo del personaje Bane: una prometedora presentación que se desintegra a medida que avanza la cinta. De una presencia amenazante a una caricatura. Nada que hacer para Hardy, el error es compartido por los hermanos Nolan en su guión.



Previo a su caricatura, Bane deja un mensaje: expone la humanización de Batman, del mito del héroe. Según Nolan, un héroe desnudo en situaciones límite, despojado de sus artificios y armamento tecnológico. Hay una significación en los duelos. El primero es bajo tierra, en el escenario del villano, con el héroe encerrado y como presa fácil. En el segundo duelo hay una sorpresa: el Caballero de la Noche lucha nuevamente mano a mano ante su oponente, pero lo hace de día. Este enfrentamiento además recuerda -con el cineasta destacándolo con su cámara entre una multitud- lo que comparten los clásicos films de guerra: una unidad manifiesta por las dos partes en pugna, antagónicas, que buscan detener y vencer a la otra. Bane es un reto, una amenaza que expone a Batman y a Wayne por igual física y psicológicamente como ningún otro villano. Bane lo explicita en la película, al decirle a Wayne que lo romperá. Primero su alma y luego su cuerpo. Primero al hombre, luego al héroe. Bane representa una vitalista concepción del terror y de la tortura.

Por su parte, Christian Bale no se luce como Bruce Wayne, confirmando que su mejor momento en la trilogía fue en Batman Inicia. Luego de ser opacado por Heath Ledger, el Joker en la segunda película, su performance vuelve a ser estéril. Esto a causa de los pobres diálogos del guión, especialmente los de Batman con Selina Kyle, infantiles, que si se sostienen es únicamente por la presencia de Anne Hathaway (El diablo viste a la moda, El casamiento de Raquel) y su atractiva displicencia. Lo mismo sucede en las escenas de Bale con Morgan Freeman (Lucius Fox, el inventor y gerente de las Empresas Wayne) y Michael Caine (el mayordomo Alfred), apenas justificadas por las elocuencias de los veteranos actores. La referencia comparativa de Wayne con Howard Hughes como el millonario ermitaño para explicar su conflicto personal ya es trillada y aquí no convence en su narración -parece una pobre imitación de El Aviador (Martin Scorsese, 2004). Según Nolan, en El Caballero de la Noche Asciende estamos ante la apoteosis, el "ascenso" de su personaje central.



Gary Oldman confirma su vigencia y versatilidad en su rol del comisionado James Gordon; un gran actor que supo interpretar décadas atrás a Sid Vicious y a Beethoven con creces. Por el contrario, el personaje de Miranda Tate es el peor que ha protagonizado hasta el momento Marion Cotillard (La vie en rose, Inception). Lo mismo para Matthew Modine (Full Metal Jacket) como Peter Foley, el comisionado de Ciudad Gótica luego del alejamiento de Gordon. No por ellos, ya que son considerables actores, sino por sus intrascendentes papeles establecidos en el guión.

El personaje que "asciende" en su condición evolutiva es el joven policía Blake (Joseph Gordon-Levitt), quien tiene de referentes a los dos héroes más representativos de Ciudad Gótica: Gordon, símbolo ético y moral de la fuerza policial, y Wayne, huérfano como él.

El acierto más positivo de Nolan en esta tercera película es el uso de cámara -acompañado por la fotografía de Wally Pfister. Su dedicación por la tecnología Imax, por la ampliación de los límites de la pantalla cinematográfica y su descarte del efecto 3D, es bienvenida y la pantalla de cine común saca provecho de estos efectos benevolentes y realistas. No así por abusos de planos contrapicados extremos que simbolicen la búsqueda de la libertad o el "ascenso" de Wayne en una cárcel remota, sino por por el uso de cámara en escenas puntuales. Primero, la cámara al ras del pavimento en las calles de Ciudad Gótica, con Batman persiguiendo a Bane y sus mercenarios en su Pod, o la cámara en el aire rodeando a la nave Bat; segundo, la escena del duelo Batman-Bane en las alcantarillas; y tercero en la detonación del campo de juego del Estadio de los Rogues en simultáneo con otros puntos de la ciudad.

El mayor error de El Caballero de la Noche Asciende es el manejo de los tiempos, un nuevo laberinto tedioso que vuelve a exponer Christopher Nolan luego de Inception. La soporífera música de Hans Zimmer, que parece hasta subestimar al espectador, no es un error, sino más bien una grosería para no olvidar. Una correcta celebración al cómic, al universo de los guionistas Grant Morrison, Colin Dixon y Doug Moench, que se olvidó del cine en uno de sus propósitos primarios: la narración. Junto con los problemas en el guión, el ritmo que escoge Nolan, con excesivos flashbacks y torpezas con el uso del tiempo en el montaje, no resulta para la unidad de la obra. Su acoso a lo épico le jugó en contra y terminó dilatando las distancias narrativas entre las tres películas. Sus dos horas cuarenta y cinco minutos de metraje confunden en la última hora vértigo con atropello, profundidad dramática con densidad, y ascensión con presunción.



The Dark Knight Rises (2012)
Dirección: Christopher Nolan
Guión: Christopher y Jonathan Nolan
Fotografía: Wally Pfister
Música: Hans Zimmer
Elenco: Christian Bale, Tom Hardy, Anne Hathaway, Michael Caine, Morgan Freeman, Gary Oldman, Joseph Gordon-Levitt, Marion Cotillard, Matthew Modine
165 minutos



miércoles, 4 de julio de 2012

A Roma con amor, de Woody Allen



Woody Allen continúa de gira en Europa. Llegó el turno de Roma. Junto con Match Point, A Roma con amor es lo mejor del director neoyorquino en la última década, aunque dista de sus máximas creaciones. Historias de amor, humor absurdo y muerte, los tópicos escogidos.

En la última década, la estadía filmográfica de Allen en Europa comenzó en Londres, oscilando entre el drama y la comedia. Primero, el implacable drama Match Point (2005), luego la comedia poco expresiva y apresurada Scoop (2006), y posteriormente el aceptable regreso al drama con El Sueño de Cassandra (2007). Sin siquiera detenerse cambió de escenario, se mudó a la ciudad condal y recurrió al erotismo en Vicky, Cristina, Barcelona (2008). Dos años después regresó a Londres con la comedia romántica Conocerás al hombre de tus sueños, y un año después llegó a la "ciudad luz" para crear la inocente Medianoche en París.

Como señala el dicho, todos los caminos conducen a Roma. Allen no fue la excepción y eligió rendir tributo a la "ciudad eterna" en A Roma con amor. Junto con Match Point, es su mejor film en la última década. Una comedia acogedora, aunque lejos de sus mejores obras: Annie Hall (1977), Manhattan (1979), Zelig (1983) y Balas sobre Broadway (1994).

Amor, humor absurdo, muerte

Estos tres tópicos se presentan y entrelazan en este film. Con relación al amor, el autor vuelve a abarcarlo a través de dos historias de jóvenes y sus conflictos. Por un lado, la historia de un estudiante estadounidense en Roma; y por otro, la llegada a la ciudad de una pareja de novios provincianos del norte de Italia con ansias de comenzar una nueva vida.





En el barrio Trastevere, Jack (Jesse Eisenberg), estudiante de arquitectura, casualmente se encuentra en una esquina con el fantasmal John (Alec Baldwin), veterano arquitecto que se convertirá en la voz de la conciencia del joven cuando llegue por una breve estadía la volátil actriz Mónica (Ellen Page), amiga de la novia de Jack, Sally (Greta Gerwig). El joven se enamorará de Mónica y a cambio tendrá una experiencia reveladora.

Siguiendo con el amor, aún más conflictiva y lograda es la relación entre Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi), jóvenes recién llegados a Roma desde Pordenone para comenzar una nueva vida. Un desencuentro en la habitación de un hotel disparará ocurrencias y tentaciones de una tarde que recuerdan al Allen de Maridos y esposas (1992) y más aún al Federico Fellini de El jeque blanco (1952). Hay un gran acierto en la inclusión de Penélope Cruz de regreso con Allen luego de Vicky, Cristina, Barcelona como prostituta y femme fatale y en la elección del italiano Antonio Albanese en el rol del actor Luca Santa. Asimismo, Allen se da un lujo: la presencia de Ornella Muti en un cameo representando a la actriz Pía Fusari.





Por otro lado, la historia de Leopoldo Pisanello, donde Allen acude al humor absurdo, situaciones inverosímiles que irrumpen para sorprender y generar aquiescencia en el espectador. Leopoldo es un oficinista romano, símbolo de la rutina del día a día, quien de la noche a la mañana se convierte en una celebridad acosada por los medios que lo llevarán a noticieros y a programas de debate para discutir sus trivialidades diarias: desde su método para afeitarse por la mañana hasta cuántas tostadas come en el desayuno. Allen critica a los paparazzi de una forma que puede recordar a La Dolce Vita de Fellini y al tratamiento de la fama con un enfoque mucho más absurdo y acertado que el realizado en Celebrity (1998), y que se emparenta en su condición efímera a la historia de Mónica y Jack cuando Allen elige nuevamente burlarse de Hollywood y sus producciones.

En A Roma con amor asimismo está presente la muerte, o al menos un sentimiento de fobia y burla del autor a su proximidad. Un juego. En el guión hay reiteradas referencias a la vejez y a la jubilación como principio del fin o "puerta a la muerte".

Un claro ejemplo de esto es la historia del director de ópera retirado Jerry (Woody Allen), quien llega a Roma junto a su esposa, la psicóloga Phyllis (Judy Davis, nuevamente junto a Allen tras Alice, Maridos y esposas, Deconstructing Harry y Celebrity), para conocer a la familia de Michelangelo (Fabio Paretini), el novio romano de su hija Hayley (Alison Pill).





Jerry conocerá al padre de su yerno, Giancarlo (el tenor Fabio Armiliato), encargado de una funeraria aquí Allen se hace un festín en el guión y en las referencias y a su vez un tenor notable, aunque solo bajo la ducha. Aquí se plantea un conflicto cuando a Jerry se le ocurre una idea al intentar promocionar este talento innato y anónimo que despierta viejas pasiones de su vida como director de ópera vanguardista. Este conflicto culminará en una gran escena, otro punto alto de humor absurdo, con Giancarlo cantando el aria Vesti la Giubba para beneplácito de Jerry y los aplausos de los diseñadores de moda Domenico Dolce y Stefano Gabbana en otro cameo. Con acierto y vigencia, en esta historia Allen incluso se burla de los críticos de espectáculos y hasta del psicoanálisis en el personaje de Phyllis.

A Roma con amor expone a un realizador que plasma con comodidad tópicos recurrentes en su filmografía y no manifiesta nostalgia ni pena por sus mejores años de creación. Allen ya no busca sorprender. Eso lo ha logrado y con creces. Sus historias y metáforas de amor, sus conflictos, el humor absurdo y la presencia de la muerte, se entrelazan y se vuelven a repetir. Más allá de un afable tratamiento cinematográfico de Roma, con un uso de música y fotografía turística clichés a conciencia, Allen, a sus 76 años, continúa de peregrino lejos de Nueva York en un camino que siempre tuvo como punto de partida el universo que él mismo se encargó de crear.

Dirección y guión: Woody Allen.
Fotografía: Darius Khondji.
Elenco: Woody Allen, Judy Davis, Alec Baldwin, Jesse Eisenberg, Ellen Page, Roberto Benigni, Penélope Cruz, Alessandro Tiberi, Alessandra Mastronardi, Fabio Armiliato, Ornella Muti.
102 minutos.
2012






jueves, 21 de junio de 2012

Prometeo, de Ridley Scott (2012)




El último film de Ridley Scott rinde tributo a sus notables obras de ciencia-ficción: Alien y Blade Runner. Pero por sí mismo, Prometeo está muy por debajo de éstas. Su máximo acierto es el robot David, quien cobra vida más allá de la nave, sus tripulantes y el mismo Scott.

Ridley Scott será recordado en un futuro no muy próximo por sus films Alien (1979) y Blade Runner (1982), hitos del género de ciencia-ficción que comparten parnaso con 2001: Odisea del Espacio (Stanley Kubrick, 1968), y Viaje a la luna (Georges Méliès, 1902). No lo será por Prometeo, que dista de aquellos años de egregia creación —más allá de que aquí Scott intente recrear un universo temático y manifieste en entrevistas que comparte ADN con Alien—, ni por otras piezas endebles de su filmografía donde se incluyen su pobre versión de Hannibal (2002), G.I. Jane (1997), o su pedante Lluvia Negra (1989). Quizás algunos lo recuerden por sus films más afables en los últimos años: Gladiador (2003) y American Gangster (2007), mientras otros por Thelma & Louise (1991).

Prometeo comienza con un displicente prefacio: próximo a unas cataratas, un extraterrestre ingiere una sustancia, la que provoca su desintegración física y su caída al vacío, donde su ADN se disuelve en el agua. Luego pasamos al año 2089, a una expedición de arqueólogos en la isla escocesa de Skye, liderados por Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green), que descubre en una cueva un pictograma de más de 30.000 años de antigüedad con una colosal figura humana señalando una constelación.

Cuatro años después, este hallazgo provoca una expedición de la nave Prometeo hacia tal constelación —la nave, nombrada en honor al Titán de la mitología griega, quien robara el fuego de los dioses para dárselo a los hombres en afán de hacerlos sus semejantes, y recibiera el ulterior castigo de Zeus. La misión: el origen, la búsqueda, de dónde venimos y hacia dónde vamos los humanos. La tripulación se compone, entre otros, por la pareja de arqueólogos amantes Shaw y Holloway, la antipática líder Meredith Vickers (Charlize Theron) y el adusto, aunque carismático, capitán Janek (Idris Elba), liderados por el anciano emprendedor de la odisea, el trillonario Peter Weyland (Guy Pearce, casi irreconocible por el maquillaje), y acompañados por el robot David (Michael Fassbender, en notable actuación), lo más saliente de la nave, del proyecto y del film de Ridley Scott.



David, un robot al que la tripulación le insiste en que más allá de su inmortalidad y su perfecta inteligencia jamás tendrá alma, jamás tendrá “el don de los seres humanos”, y otros comentarios prescindibles por su fácil pronóstico, es fanático del film Lawrence de Arabia (David Lean, 1962) y del actor Peter O'Toole. David no se conforma con repetir los diálogos al ver las escenas por enésima vez, sino que hasta se pinta el pelo como O'Toole. Asimismo, la composición de David debe mucho a la computadora HAL 9000, personaje de 2001 de Kubrick, con sus ironías y desdén hacia los humanos, planteando la dicotomía entre su condición y la humana más allá del cliché. Este es el único guiño del británico Scott al cineasta neoyorkino que funciona; no así la inclusión de un monolito, o el abuso de pobres diálogos destartalados en busca de la eterna inquietud filosófica acerca de la importancia del universo y los sistemas planetarios que rodean al hombre, que en cambio Kubrick lograba tan solo con imágenes. David, siempre en referencia a su “humanidad”, también recuerda al robot replicante Roy, de Blade Runner.

Lo más destacado de Prometeo, como era de esperar, es la imagen: desde los diseños de las naves hasta la presencia estética de Hans Ruedi Giger, siempre sorprendente y desconcertante y a quien Scott le debe en demasía desde Alien. Asimismo, dos escenas con correcto uso del efecto 3D: el descubrimiento del monolito y la presencia de David en el núcleo de la nave. Un deleite visual, donde la fotografía de Dariusz Wolski y el diseñador de producción, Arthur Max, deben ser reconocidos.

Más allá de su titánica ambición, su “calidad” como precuela manifiesta de Alien y sus escenas de terror y aislamiento dentro de un laberinto, Prometeo se pierde en la constitución de su propio escenario. Su condena es comparable al mito de Sísifo. No resulta pertinente la aparición literal del aborrecible y respetable alien del film de 1979 —su nacimiento, tras una grotesca operación por cesárea ejecutada por una máquina, y una cicatrización que igualmente permite a su estéril “madre” correr, saltar y pelear, y hasta matar sin siquiera detenerse—, siempre en continua gestación, en una escena fulminante y hasta prescindible. Más allá del chillido y la repulsión de este ser, del discurso existencial a media máquina de los tripulantes de la nave y sus preguntas formuladas con la ventaja de la falta de respuestas en relación a la búsqueda del hombre hacia sus antepasados y su futuro, de lo predecible del recibimiento de estos seres a los visitantes, la nave viaja con turbulencias. Hay falta de inspiración en Ridley Scott y en el guión a cargo de Jon Spaihts y Damon Lindelof —este último célebre por su labor en la serie Lost—, que en la última hora de duración se entrevera como tal vez lo hiciera el mismo Prometeo según la mitología, salvo que en este caso no habrá ningún Zeus para su castigo inmediato. Ese lujo quedará para el tiempo.

Director: Ridley Scott
Guión: Jon Spaihts, Damon Lindelof
Fotografía: Dariusz Wolski
Diseño de producción: Arthur Max
Elenco: Michael Fassbender, Noomi Rapace, Charlize Theron, Idris Elba, Guy Pearce, Logan Marshall-Green
124 minutos
2012