lunes, 20 de julio de 2009

“Los adioses”, de Juan Carlos Onetti. (1954). (Sur).





“Mi literatura es una literatura de bondad.

El que no lo ve es un burro”.

J.C. Onetti, entrevista con María Esther Gilio.




Hay una distancia que separa dos mundos: el del almacén y el del hotel, en la sierra. Dos puntos que unen la recta. En la sierra, cuesta arriba, hay un hotel con enfermos sentenciados, mientras abajo, en el almacén, caverna del pueblo, dominan los sanos, especuladores, rastrillos de la mirada. La voz narrativa de esta breve novela es la de uno de estos, el dueño del almacén.


El narrador, observador, inquisidor, luego de perder su indiferencia, comienza a sentir lástima sobre uno de estos enfermos, un ex basquetbolista taciturno, en notoria decadencia física, con unas manos llamativas que detonan (de una vez y para siempre) la atención del relator. Este enfermo parece sentirse ajeno a su realidad, a encerrarse en el sanatorio en busca de una posible salida. En cambio el narrador es displicente, de inmediato se encuentra en otro plano, sabe que las historias vienen a él, se posan sobre su mostrador, colocan sus labios sobre sus vasos, pero ésta en particular comienza a obsesionarlo y el detonante quizá son los cambios bruscos de modismos que ve en este enfermo. Comienza a desconocer, a sospechar, a sufrir por su propia mirada, su propia miseria. Comienza a sospechar de todo y, al notar la presencia de una serie de cartas y luego de dos mujeres (la de aire de matrona, ancha, de gafas oscuras junto a un botija de cabeza rapada, y la otra, de menor edad, inocente e intocable) que aparecen en la vida del enfermo, la incredulidad lo abruma. Le duele cuando el enfermo baja a esperar al tren, su pose acompañada con su mejor traje y sombrero, y verlo irse junto a la joven visitante, juntos hacia la sierra, a ese otro mundo, inalcanzable para él.


Cada una de estas dos mujeres es tan distinta de la otra como lo es el almacén de la retirada sierra, como lo son los sobres que envían: los de “letra de mujer, azul, ancha, redonda, con la mayúscula semejante a un signo musical, las zetas gemelas como números tres”, y los otros, color madera (“casi siempre con un marcado doblez en la mitad, escritos con una máquina vieja de tipos sucios y desnivelados").


Hay personajes que deambulan en ese almacén de piso de tierra: el enfermero, la mucama, el doctor Gunz, Andrade, permiten a la trama moverse en esa interpretación desleal, tiznada por una inconsciente envidia. Tocan de oído, entienden poco. Asimismo, la culpa se reparte en otros personajes menores, quizá hasta en los sosegados movimientos del botija que escolta a la mujer de gafas oscuras.

Como en el conjunto de su obra, Onetti maniobra, pero no tanto a sus personajes, ya que estos no sufren de excesivos manoseos, sino que el compromiso se encuentra en los movimientos y en la quietud; ahí, en esa estridencia que radica en el silencio de estos como en los espacios donde se ven atrapados. El gran acierto del escritor uruguayo en esta novela es confiar en su voz narrativa que deviene sugestiva al lector, que debe ver más allá de las confidencias del almacén y meterse en la sierra (el hotel, la casa de las portuguesas), en lo que poco se describe, que en gran parte se desconoce. Hasta ahí no llega el narrador y de cierta manera lo vuelve un entrometido más.

Los adioses es una historia de amor. Asimismo, es un particular obsequio de Onetti a uno de sus amores, Idea Vilariño. Se ha dicho por ahí que fue “lo que le salió” en el momento. Según como se desarrolla la narración, es baladí para el lector buscar ciegamente a la poetisa en estas páginas. Pero parece que en varios párrafos se vislumbra y de manera más que aceptable, en pasos, manos tomadas y separadas. Luego, el resto: la lucha de la literatura, que se desarrolla entre la muerte y la vida; y el adiós final, concebido en esa última mirada (que de inocente frescura deviene tempestuosa conciencia) de la joven frente a lo ineludible, para convertirse de inmediato en un esclarecimiento, crudo, fiel, para jamás olvidar.




M. Dávalos.-




Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) Otras obras: El pozo (Novela - 1939), Tierra de nadie (Novela - 1941), Para esta noche (Novela - 1943), La vida breve (Novela - 1950), Para una tumba sin nombre (Novela - 1959), El astillero (Novela – 1961), Juntacadáveres (Novela – 1964), Dejemos hablar al viento (Novela - 1979), Cuentos completos (1994).




Artículo publicado en la página web tributo al escritor www.onetti.net

http://onetti.net/es/descripciones/davalos







viernes, 3 de julio de 2009

A 40 años de la muerte de Brian Jones



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Acá se lo recordará con algunas fotografías. Hacerlo con música, creímos, sería demasiado baladí. Hacerlo con palabras, un crímen.


El músico en su elemento


Con Jimi Hendrix


John Lennon leyendo sobre su muerte


Junto a Keith, un alto en la gira tomando margaritas



Lewis Brian Hopkin Jones (1942-1969).




lunes, 15 de junio de 2009

Requiem para un luchador, de Ralph Nelson (1962).





Hace unos meses se habló en demasía de la gran actuación de Mickey Rourke en el film The Wrestler, de Darren Aronofsky (Pi, Requiem por un sueño). Es un film con inolvidable actuación de Rourke, y dirigido con luces por sobre las sombras que entretejen la trama. Quizá no sea mala idea recordar el film "padre" de The Wrestler.

En 1962 se estrenó Requiem para un luchador. El film fue una adaptación de una exitosa serie televisiva de Rod Serling. La trama es muy similar y de aquí el mote de "Padre" en relación al film de Aronofsky. Anthony Quinn se lleva quintaescencias, loas y lo que venga, al interpretar al peso pesado "Mountain" Rivera. Rememora casi diez años atrás, cuando junto a Federico Fellini crearon La Strada y el personaje de Zampano, el macho dominante, quien cuando enfrentó la derrota, la llevó como Sísifo, mínimo. En Requiem no se aleja del concepto.

La trama sentencia: Rivera es un peso pesado que debe dejar el box, su vida, por recomendación (y prohibición de la Comisión) y porque puede quedar ciego si recibe uno o dos golpes más en sus ojos. Telón. La primera escena es tan conmovedora como la última. Es un nocaut: la cámara es los ojos de Rivera al recibir una paliza de nada más ni nada menos que Cassius Clay. El mismo, tiempo antes de cambiar su nombre por el de Muhammad Ali. Terrible es el comienzo, y a medida que pasa el tiempo dicha escena cobra valor, no como un simple vino, sino ya como la bodega entera.

Lo dicho: el experimentado boxer Rivera cae. En el vestuario el doctor dictamina: amenaza de desprendimiento de retina. Clarito. Y esa noche su carrera se va y no sólo al luchador. A su lado, sus dos compañeros de ruta de diecisiete años. La actuación de Quinn es imponente como su físico, pero tanto las actuaciones de su cut-man, de nombre "Army" (interpretado por Mickey Rooney), como su manager y consejero "Maish Renick" (Jackie Gleason) con su estampa de busca vidas, son tan imponentes como nocaut en primer round. Mountain es tosco y debe buscar de la noche a la mañana otra forma para vivir. Trabajo. Allí se encuentra con técnica de buen guión de Hollywood Grace (Julie Harris), la chica, la antítesis del rudo, quien le toma una entrevista laboral y, por sentido común, decide darle una mano al tosco púgil. Le consigue una entrevista para trabajar con niños. Intenta ayudarle, y con insistencia. Se da una relación. Pero su manager, Maish, está apretado por el corrupto mundo donde se maneja, debe plata y para aplacar sus deudas necesita a Rivera, quien con inocencia, lo admira. Al manager le ofrecen dinero para llevar al retirado púgil a la humillación. Que se disfrace de Indio para ganar unos dólares en la Lucha Libre.



El enorme acierto de este film es su atmósfera. La fotografía de evidente estilo cine noir conforma el esqueleto visual. El director, Ralph Nelson, bien supo lo que hacía. Desde el comienzo con la escena del joven Clay, la vida en oscuras pensiones del día a día de los tres compañeros de ruta, la relación entre el mísero manager y el compasivo cut-man, la prestancia para tomar en el lente la decadencia, patetismo y simpatía de Anthony Quinn sintiendo a cada paso la montaña que es interpretar un personaje como Rivera. Queda en la retina la bizarra cita del púgil con Grace en un bar de boxeadores (donde se sirven las cervezas en botellitas y no en vasos, ya que nunca entra una chica). En este film hasta hace una aparición el gran Jack Dempsey. Y la escena final es un gancho al hígado. Seamos buenos: en Nelson, como dice el presentador, "we have a winner".

El boxeo es un deporte. Es un martirio. Es una lucha dentro como fuera del ring. A cual más difícil. Y el boxeo le ha dado mucho al arte. A Hemingway le dió Fifty Grand, a Cortázar le dio Torito. Scorsese dijo mucho sobre él en Raging Bull. Requiem for a heavyweight bien puede ser el mejor film jamás realizado sobre lo que representa el boxeo. Méritos le sobran. Pega demasiado fuerte. Este film es boxeo. Este film es cine. Arte.


Reparto: Anthony Quinn, Jackie Gleason, Mickey Rooney, Julie Harris, Cassius Clay, Jack Dempsey.
Director: Ralph Nelson
Guión: Rod Serling

Columbia
95 minutos.




M.Dávalos.-





La inolvidable escena con Cassius Clay, el comienzo del film: