
Algunos
conceptos sobre David O. Russell como director ya los expuse en 2010,
en mi crítica de El luchador.
En resumen: ha logrado narrar historias simples sin fisuras (Tentados
por
el desastre,
1996; Tres
reyes, 1999)
y
sin grandes pretensiones maniqueístas e intelectuales, las que se ha
atrevido a parodiar y llevar hasta el ridículo en la comedia
Extrañas
coincidencias
(2004).
Escoge y escribe buenos guiones, y luego continúa el plan con su
cámara. Sabe bien cómo retratar historias mínimas, ubicadas en
ocasiones en suburbios, y hacer de sus personajes seres creíbles en
buena medida gracias a una correcta elección del elenco. Un director
que sabe hacer películas sobrias y honestas.
En
El
lado luminoso de la vida (Silver
Linings Playbook)
Russell adapta su guión, basado en la novela
homónima de Matthew Quick. Una historia protagonizada por Pat
Solitano (interpretado por Bradley Cooper, en su único papel
respetable hasta la fecha), quien abandona una clínica
neuropsiquiátrica luego de una internación de ocho meses por
haberle dado una dura paliza al amante de su mujer. Sufre un
trastorno bipolar. Al regresar a su casa en Filadelfia se reencuentra
con sus padres, Pat Sr. (Robert De Niro) y Dolores (Jacki Weaver), y
se propone recuperar el tiempo perdido. Sale a correr por las calles
del barrio, a ver a amigos y vecinos. Todo en busca de su mujer.
Su
condición mental le juega malas pasadas: lee de un tirón la novela
Adiós
a las armas de
Ernest Hemingway y se enfurece por su final; lo trauma la canción
“My
Cherie Amour”,
de Stevie Wonder, que le recuerda su pasado amoroso y lo lleva a
destrozar su habitación en medio de la madrugada. Es claro: hay
desajustes en el regreso a casa de Pat, y ahí aparecen sus padres,
o, mejor dicho, intensas actuaciones: su madre (Weaver, nuevamente en
un rol maternal como en Reino
Animal)
y la gran sorpresa de la película: el regreso de Robert De Niro,
quien hacía años no demostraba ni un ápice de lo que supo ser en
un pasado. Su papel como fanático de los Filadelfia Eagles, y aún
más de las cábalas y apuestas, demuestra calidad y calidez, y
asimismo recuerda al que realizara en El
fanático,
de Tony Scott (1996).


El
único lado de la vida para Pat es volver atrás, encontrar a su
mujer. Un mundo íntimo y disfuncional. En esta regresión se
presenta el leitmotiv del guión: el hoy como conflicto entre el ayer
y el mañana, con las sorpresas y el destino inesperado. Se presenta
a Tiffany, interpretada por Jennifer Lawrence (Lazos
de sangre,
2010; Los
juegos del hambre,
2012): una joven viuda con sus problemas y un pasado turbulento a
cuestas. La relación no comienza de la mejor manera: entre mentiras
piadosas e intensas discusiones, forman un pacto que cuenta con la
importancia de un concurso de baile y de una carta. La frágil brecha
entre lo funcional y disfuncional que propone esta relación, junto
con sus conflictos internos y externos, puede recordar, por momentos,
a Una
mujer bajo la influencia,
de John
Cassavetes (1974). En la película de Russell, la química entre los
personajes es fresca, sobria y alejada de dilemas morales simplistas.
Así se desarrollan las escenas y los encuentros entre los miembros
de una comunidad para subrayar este ensamble entre el drama y la
comedia.
El
lado luminoso de la vida
cuenta con un guión pulido por buenos diálogos, una atractiva banda
sonora (a cargo de Danny Elfman) y un director que vuelve a demostrar
su calidad en la elección de un buen elenco y en obtener lo mejor de
sus actores —Cooper,
Lawrence, Weaver y el que más celebro: Robert De Niro.
Dirección y guión: David O. Russell. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Danny Elfman. Elenco: Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Jacki Weaver, Chris Tucker. Duración: 122 minutos. 2012.
Trailer:

Dirección y guión: David O. Russell. Fotografía: Masanobu Takayanagi. Música: Danny Elfman. Elenco: Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Jacki Weaver, Chris Tucker. Duración: 122 minutos. 2012.
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