domingo, 31 de agosto de 2014

Mr. Kaplan, de Álvaro Brechner














En 1997, el judío Jacobo Kaplan deambula en la tercera edad y está desmotivado. De niño, en 1937 debió abandonar a su familia y huir en soledad del nazismo invasor en Europa. Llegó en barco a Uruguay. Según indica el guion de Brechner (basado en la novela de Marcos Schwartz), a semejante proeza no le siguió algún otro momento para destacar en una vida de clase media que devino monótona, aunque se recuerda, a modo de introducción, que Winston Churchill y Abraham fueron llamados para ejecutar sus grandes misiones entrados en la tercera edad. La misión del señor Kaplan no es divina, aunque es claramente quijotesca en su condición de picaresca (entre el desengaño y el realismo) y por el rasgo delirante de su personaje central destinado a la aventura.

En la costa uruguaya vive un huraño veterano alemán, amante del mar al que apodan el "nazi" (Rolf Becker), quien según Jacobo (Héctor Noguera) es un exrepresor nazi que huyó de Alemania rumbo a América una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, a la manera del criminal Adolf Eichmann. El plan es atraparlo y llevarlo a Israel para que sea juzgado. Pero para que la empresa sea quijotesca del todo debe haber otra característica: la inclusión de un escudero, un compañero de andanzas del caballero. Wilson Contreras (Néstor Guzzini), expolicía desencantado y separado de su esposa y sus hijos que pasa sus días jugando al flipper y tomando cerveza. Un inmejorable Sancho Panza. Uno de los puntos altos de la película es la calidad y expresividad de Guzzini como actor de comedia.

En el segundo film de Brechner —tras el celebrado Mal día para pescar (2009), basado en el cuento "Jacob y el otro" de Juan Carlos Onetti— vuelve a estar presente el talento al narrar desde una supuesta historia mínima. Los mayores aciertos del guion son el desarrollo de la aventura (el viaje del caballero delirante que lidera el camino junto a su escudero realista y dubitativo, aunque siempre fiel en la marcha), y la relación del viejo Jacobo con su familia, o, más precisamente, con su nieta Lottie (Nuria Fló, de gran actuación), el vínculo que más lo define y que supera por sí mismo la mera anécdota del relato central.

En relación con lo visual, Brechner expone su talento detrás de la cámara en varios momentos del film. Tres ejemplos: la escena en la que Jacobo se duerme en la playa bajo el rayo del sol mientras sueña acompañado por la música de los Beach Boys desde una radio portátil; el manejo del flashback (visual y del guion) que define la historia de Wilson; la recreación de los años 90 en Uruguay (la vestimenta, el chivito a 70 pesos en el bar, la cerveza Doble Uruguaya). La fotografía de Álvaro Gutiérrez se acopla en la narración y es reveladora en los planos generales de Brechner de las playas de la costa uruguaya como asimismo en los primeros planos y planos medios bajo los tubos de luz del pool donde Wilson pasa las noches junto al flipper y la cerveza.

Brechner vuelve a realizar una película íntima que se sirve de la comedia y de la tragedia por igual. El eje dramático, la composición de los personajes y sus aperturas trascienden un conflicto cardinal, signado por la aventura y por la vejez. Como narrador, Brechner marcha con ingenio, como alguna vez lo supo hacer a su manera un tal Miguel de Cervantes.




Dirección, guion y producción: Álvaro Brechner. Fotografía: Álvaro Gutiérrez. Música original: Mikel Salas. Elenco: Héctor Noguera, Néstor Guzzini, Rolf Becker, Nidia Telles, Nuria Fló, Gustavo Saffores. 98 minutos. 2014.





miércoles, 30 de julio de 2014

El planeta de los simios: confrontación, de Matt Reeves



Tres años después de El planeta de los simios: (r)evolución llega una nueva entrega de la saga que comenzara en 1968 con El planeta de los simios, dirigida por Franklin J. Schaffner y basada en la novela homónima de Pierre Boulle de 1963. Confrontación es su título en las salas de Uruguay, aunque el original es El amanecer del planeta de los simios (Dawn of the Planet of the Apes).

Sobre (r)evolución (leer crítica), entre otros conceptos sobre el rumbo histórico de la saga, tres años atrás destaqué: Rise of the Planet of the Apes, según su nombre original y la determinación de la palabra "rise", supone la presentación de César y su ascensión, rebelión y también su evolución como líder. Asimismo, Rupert Wyatt logra su propósito: desempolvar y refrescar la saga y tomar la base de la historia para construir y bifurcar sus propios argumentos. Pero éste no es su mayor triunfo, sino que en tiempos vertiginosos del cine actual y comercial de Hollywood, repleto de efectos y tecnologías con poco efecto trascendente, aplica con precisión los artificios y pasa la prueba, además de contar con una historia bien narrada y que va por más.

En un relato apocalíptico situado en el eje del tiempo entre el futuro, presente y pasado, las últimas dos películas de la saga se desarrollan en un tiempo actual, aunque tres años después del estreno de (r)evolución varias cosas han cambiado.

El nuevo film cuenta con un prólogo: un montaje narra lo que ha ocurrido con la raza humana desde el final de (r)evolución hasta lo que comenzará en Confrontación. Diez años. Amenaza de extinción, consecuencia de los estragos causados por la “gripe de los simios” creada accidentalmente por científicos (llegaba en los créditos finales del film previo, con la imagen del piloto y la sangre en su nariz).

La película Confrontación es circular: comienza y culmina con un close-up en los ojos del simio César, héroe y eje de estas dos últimas películas. En (r)evolución se desarrolló su rasgo de líder de los simios libertos junto con una precisa narración de su infancia y adolescencia. En Confrontación llega su consolidación como líder, y también como adulto y padre de familia en el bosque Muir de San Francisco, ciudad que se mantiene como escenario.



Con ambos bandos definidos, y en evidente desigualdad de condiciones, un grupo de especialistas se encuentra en el bosque con los primates, amos del hábitat. Malcolm (Jason Clarke) llega con el propósito de hacer funcionar una presa hidroeléctrica que devuelva energía a su gente, sobrevivientes recluidos en un gueto al otro lado del Golden Gate, a kilómetros del bosque. César vuelve a interactuar cara a cara con humanos, tras su experiencia junto a Will y Charles en el film anterior. Interpretado nuevamente por el actor Andy Serkis, la labor es admirable. El encuentro provocará un conflicto macro que se bifurca: de un lado simios y humanos, y del otro una revisión de la evolución de los simios como especie con la determinante presencia de Koba (Tobby Kebbell), aquel que fuera brutalmente torturado por científicos en sus experimentos. Mientras César es el sensato líder respetado por los suyos, la desviación en el comportamiento de Koba es una representación extrema de la rebelión de su especie ante otra que ha causado la catástrofe total. Luego de (r)evolución y las cicatrices en su piel no se le puede culpar por su actitud hacia los humanos, aunque sí por una postura de carácter abusivo hacia los de su especie. Asimismo, el nombre Koba recuerda al nombre de guerra del ruso Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido por otro de sus seudónimos: Stalin. Pero el conflicto racional y de poder entre jerarquías en esta película evoca más a la tragedia Julio César de William Shakespeare que a la estalinización de la vieja Unión Soviética o al culto a la personalidad de un jefe. La discusión radica en la expansión de una amenaza hacia el orden público propuesto por el líder escogido. Me parecen acertadas las palabras del director Reeves sobre Confrontación: “Es una película donde no hay villanos”.

La comunidad de los simios es el eje del film, en el que los humanos quedan en un segundo plano, sea el grupo de Malcolm en el bosque o los liderados por el exmilitar Dreyfus (Gary Oldman) en el gueto. Este protagonismo es respeto por la narración, más allá que en este elenco no se destaque ningún actor “humano” como lo hiciera John Lithgow en (r)evolución. Una elección de los realizadores que por fortuna se mantiene en esta historia, un contraste que se distingue si se tiene en cuenta lo que le ocurrirá al astronauta George Taylor (en la película de 1968).

Matt Reeves tomó la cámara luego del exitoso paso de Rupert Wyatt en la dirección. Sus antecedentes más próximos a tener en cuenta son las películas Cloverfield (2008), en la que sorprendió a Hollywood por su singular narración “cámara en mano” sobre el paso de un monstruo en la ciudad, y luego en 2010 por su versión estadounidense del film sueco Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008).

Frente a un millonario presupuesto volcado a espectaculares efectos digitales (CGI), lo que prevalece en la película es la continuidad en el proyecto de los guionistas de (r)evolución: Rick Jaffa y Amanda Silver, encargados de haber reflotado la saga con una nueva historia de varios contrastes y aristas que sigue en desarrollo (diferentes comunidades, intercambio de roles, desarrollo de personajes, tratamiento del poder, ecosistema, ausencia de las tecnologías). Dentro de lo visual, se destacan los matices de San Francisco: el verde en el lluvioso bosque Muir, el desolado Golden Gate, la herrumbre en el gueto de los humanos. Notables labores de Michael Seresin en la fotografía y de James Chinlund en el diseño de producción. La música de Michael Giacchino es gradual, respeta los tiempos en la narración y se luce en la batalla final, entre tantas explosiones y un dedicado trabajo de coreografía.

Para destacar: la deslumbrante escena de presentación de los simios durante una cacería en el bosque (mucho más que la gran batalla entre simios y humanos con rifles, ésta menos impactante que la del Golden Gate del film anterior); la escena en la que Koba embauca a dos guerrilleros idiotas; Koba mirando la anárquica multitud parado sobre una destruida bandera de Estados Unidos; los diálogos entre Koba y César, acompañados por las expresiones que logran los actores; el maestro Maurice aprendiendo a leer con el cómic Black Hole (Charles Burns, 2005), una historia de varios paralelismos con esta; los simios trepando de árbol en árbol entre los rayos del sol; los simios debatiendo opiniones en la calma noche entre antorchas encendidas; los simios marchando a caballo de día, y cabalgando y disparando rifles por la noche.

El círculo se cierra y su fin crea un nuevo círculo. El close-up en los ojos de César despierta una pregunta: ¿por qué soy un destino?






Dirección: Matt Reeves. Guion: Amanda Silver, Rick Jaffa y Mark Bomback. Fotografía: Michael Seresin. Música. Michael Giacchino. Montaje: Stan Salfas, William Hoy. Diseño de producción: James Chinlund. Elenco: Andy Serkis, Jason Clarke, Gary Oldman, Tobby Kebbell, Keri Russell. 130 minutos. 2014.


lunes, 19 de mayo de 2014

Godzilla, de Gareth Edwards

















En 1954 se estrenó Gojira, película de Ishiro Honda. En aquellos años de posguerra, el cine japonés era avant-garde y vivía su mejor momento, con notables directores como Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi y Akira Kurosawa. Aunque no todos hacían lo mismo, el equilibrio entre lo clásico y lo moderno de aquel cine maravilló a millones de espectadores e hizo historia. Dos años después del estreno de aquel film, Hollywood lo rebautizó como Godzilla: rey de los monstruos en una versión en la que agregó actores (Raymond Burr) y editó escenas, contenidos y mensajes: desde lo latente de los históricos ataques nucleares de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 hasta el afán de vender al monstruo mitológico de oriente a occidente.

En su momento el proceso no resultó. Honda no era ni Kurosawa ni Ozu y en Estados Unidos el film fue etiquetado como una película de ciencia a ficción mala y de “clase B”. Además era evidente que a este monstruo le faltaba el carisma y la debilidad que a otro visitante le sobraba cuando supo copar Nueva York: King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933). En cambio, en Japón la creación de los estudios Toho generó nuevas películas (más de 25) y convirtió al monstruo en un mito al que el mercado local le sacó provecho, desde fanzines hasta juguetes.

Godzilla es una fuerza de la naturaleza que actúa en un determinado momento histórico. Su “God” (dios en inglés) así lo sugiere. En japonés su nombre original (Gojira) surge de la mezcla de dos palabras: “gorira” y “kujira”, gorila y ballena respectivamente. Un monstruo radioactivo producto de un Japón bajo la paranoia y el efecto del devastador ataque nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki, y con la Guerra Fría en sus años más calientes. En cambio, en su nueva adaptación sesenta años después están latentes la catástrofe de la central nuclear de Fukushima tras el tsunami que golpeó a Japón en marzo de 2011 como también la radical amenaza del cambio climático.

El director de este nuevo blockbuster, el británico Gareth Edwards, fue escogido por su trabajo en Monsters (2010), en el que demostró a los grandes estudios que con poco dinero se puede asustar en una película de ciencia ficción. Para despertar al durmiente Godzilla, gozó de un presupuesto astronómico en el que obtiene resultados dispares.

Lo mejor del film es su tratamiento del monstruo protector, con el ejemplo de Honda a seguir y evitar el lastre del Godzilla de Ronald Emmerich de 1998. Un histórico papelón cinematográfico del que lo único para destacar está lejos del monstruo que solo quiere llegar a dejar sus huevos en el Madison Square Garden de Nueva York: la canción “A320” de Foo Fighters de la banda de sonido.

Edwards comprende que el monstruo debe ser la estrella, desde la notable tecnología digital y respetándolo con la cámara, tomándose su tiempo en la descripción según los planos (largos, cortos, contrapicados) para exponer su interminable grandeza. Además éste es el más grande: supera los cien metros de altura. Una labor que con menor fortuna comprenden Max Borenstein y Dave Callahan desde el guion, en busca de la obviedad de justificar con diálogos linderos la existencia del personaje a través de cierto misterio in crescendo. Esta es la construcción de un “Dios” que trae una advertencia: mañana puede ser demasiado tarde.

Edwards también conoce la némesis de Godzilla: los monstruos son dos gigantes adefesios que buscan radioactividad y reproducirse, por lo que no debe sorprender a nadie que cuando las partes interesadas se encuentren lo padecerán los insignificantes humanos, sea en Hawaii, Las Vegas o San Francisco. La fotografía de McGarvey (Los Vengadores) es de lo mejor del actual cine de acción, con un admirable retrato de la ciudad californiana en tinieblas y en ruinas que poco tiene que envidiarle a las imágenes que describe Dante en su viaje por el Infierno de la Divina Comedia.

Lo peor del film son las actuaciones; el elenco detrás del monstruo. Apenas algunas expresiones dramáticas de Bryan Cranston (harto conocidas en Breaking Bad y en Argo) como el ingeniero nuclear Joe Brody, quien conduce el hilo narrativo durante los primeros cuarenta minutos previos a la aparición del verdadero protagonista. Participaciones poco agraciadas y para el olvido de la francesa Juliette Binoche (esposa y compañera de trabajo de Brody), de Ken Watanabe (doctor e investigador) y David Strathairn (sargento), estos últimos dos que resumen la referencia a Hiroshima en una escena breve y poco feliz, reloj heredado mediante. Pero quien peor fortuna tiene es el soldado Ford Brody, hijo de Joe. Es interpretado por Aaron Taylor-Johnson (Salvajes, Anna Karenina), quien transmite muy poco, es sometido a dudosas escenas (como la del rescate de un niño en un subte) y al que simplemente le queda grande liderar el elenco en la segunda mitad de la película.

A sesenta años de su estreno en Japón, volvió a despertar Godzilla, el que según la trama ha dormido por millones de años. Hollywood lo hizo de nuevo. En la película de Edwards se aprecia sin mayores esfuerzos la denuncia anti nuclear original sumada al actual problema del cambio climático. ¿Es necesario volver a despertarlo para creer que siempre estará allí para salvarnos de nuestros errores? ¿Su propósito es levantarse a destruir para luego volver a dormir? En el centro del conflicto hombre-naturaleza, la falla esencial y las preguntas siempre persisten.






Dirección: Gareth Edwards. Guion: Max Borenstein y Dave Callaham. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Alexandre Desplat. Elenco: Aaron Taylor-Johnson , Ken Watanabe, Bryan Cranston, David Strathairn, Elizabeth Olsen, Sally Hawkins, Juliette Binoche. 123 minutos. 2014.




Nota publicada en www.ACCU.org.uy (19/5/2014)