lunes, 19 de mayo de 2014

Godzilla, de Gareth Edwards

















En 1954 se estrenó Gojira, película de Ishiro Honda. En aquellos años de posguerra, el cine japonés era avant-garde y vivía su mejor momento, con notables directores como Yasujiro Ozu, Kenji Mizoguchi y Akira Kurosawa. Aunque no todos hacían lo mismo, el equilibrio entre lo clásico y lo moderno de aquel cine maravilló a millones de espectadores e hizo historia. Dos años después del estreno de aquel film, Hollywood lo rebautizó como Godzilla: rey de los monstruos en una versión en la que agregó actores (Raymond Burr) y editó escenas, contenidos y mensajes: desde lo latente de los históricos ataques nucleares de Estados Unidos sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 hasta el afán de vender al monstruo mitológico de oriente a occidente.

En su momento el proceso no resultó. Honda no era ni Kurosawa ni Ozu y en Estados Unidos el film fue etiquetado como una película de ciencia a ficción mala y de “clase B”. Además era evidente que a este monstruo le faltaba el carisma y la debilidad que a otro visitante le sobraba cuando supo copar Nueva York: King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933). En cambio, en Japón la creación de los estudios Toho generó nuevas películas (más de 25) y convirtió al monstruo en un mito al que el mercado local le sacó provecho, desde fanzines hasta juguetes.

Godzilla es una fuerza de la naturaleza que actúa en un determinado momento histórico. Su “God” (dios en inglés) así lo sugiere. En japonés su nombre original (Gojira) surge de la mezcla de dos palabras: “gorira” y “kujira”, gorila y ballena respectivamente. Un monstruo radioactivo producto de un Japón bajo la paranoia y el efecto del devastador ataque nuclear sobre Hiroshima y Nagasaki, y con la Guerra Fría en sus años más calientes. En cambio, en su nueva adaptación sesenta años después están latentes la catástrofe de la central nuclear de Fukushima tras el tsunami que golpeó a Japón en marzo de 2011 como también la radical amenaza del cambio climático.

El director de este nuevo blockbuster, el británico Gareth Edwards, fue escogido por su trabajo en Monsters (2010), en el que demostró a los grandes estudios que con poco dinero se puede asustar en una película de ciencia ficción. Para despertar al durmiente Godzilla, gozó de un presupuesto astronómico en el que obtiene resultados dispares.

Lo mejor del film es su tratamiento del monstruo protector, con el ejemplo de Honda a seguir y evitar el lastre del Godzilla de Ronald Emmerich de 1998. Un histórico papelón cinematográfico del que lo único para destacar está lejos del monstruo que solo quiere llegar a dejar sus huevos en el Madison Square Garden de Nueva York: la canción “A320” de Foo Fighters de la banda de sonido.

Edwards comprende que el monstruo debe ser la estrella, desde la notable tecnología digital y respetándolo con la cámara, tomándose su tiempo en la descripción según los planos (largos, cortos, contrapicados) para exponer su interminable grandeza. Además éste es el más grande: supera los cien metros de altura. Una labor que con menor fortuna comprenden Max Borenstein y Dave Callahan desde el guion, en busca de la obviedad de justificar con diálogos linderos la existencia del personaje a través de cierto misterio in crescendo. Esta es la construcción de un “Dios” que trae una advertencia: mañana puede ser demasiado tarde.

Edwards también conoce la némesis de Godzilla: los monstruos son dos gigantes adefesios que buscan radioactividad y reproducirse, por lo que no debe sorprender a nadie que cuando las partes interesadas se encuentren lo padecerán los insignificantes humanos, sea en Hawaii, Las Vegas o San Francisco. La fotografía de McGarvey (Los Vengadores) es de lo mejor del actual cine de acción, con un admirable retrato de la ciudad californiana en tinieblas y en ruinas que poco tiene que envidiarle a las imágenes que describe Dante en su viaje por el Infierno de la Divina Comedia.

Lo peor del film son las actuaciones; el elenco detrás del monstruo. Apenas algunas expresiones dramáticas de Bryan Cranston (harto conocidas en Breaking Bad y en Argo) como el ingeniero nuclear Joe Brody, quien conduce el hilo narrativo durante los primeros cuarenta minutos previos a la aparición del verdadero protagonista. Participaciones poco agraciadas y para el olvido de la francesa Juliette Binoche (esposa y compañera de trabajo de Brody), de Ken Watanabe (doctor e investigador) y David Strathairn (sargento), estos últimos dos que resumen la referencia a Hiroshima en una escena breve y poco feliz, reloj heredado mediante. Pero quien peor fortuna tiene es el soldado Ford Brody, hijo de Joe. Es interpretado por Aaron Taylor-Johnson (Salvajes, Anna Karenina), quien transmite muy poco, es sometido a dudosas escenas (como la del rescate de un niño en un subte) y al que simplemente le queda grande liderar el elenco en la segunda mitad de la película.

A sesenta años de su estreno en Japón, volvió a despertar Godzilla, el que según la trama ha dormido por millones de años. Hollywood lo hizo de nuevo. En la película de Edwards se aprecia sin mayores esfuerzos la denuncia anti nuclear original sumada al actual problema del cambio climático. ¿Es necesario volver a despertarlo para creer que siempre estará allí para salvarnos de nuestros errores? ¿Su propósito es levantarse a destruir para luego volver a dormir? En el centro del conflicto hombre-naturaleza, la falla esencial y las preguntas siempre persisten.






Dirección: Gareth Edwards. Guion: Max Borenstein y Dave Callaham. Fotografía: Seamus McGarvey. Música: Alexandre Desplat. Elenco: Aaron Taylor-Johnson , Ken Watanabe, Bryan Cranston, David Strathairn, Elizabeth Olsen, Sally Hawkins, Juliette Binoche. 123 minutos. 2014.




Nota publicada en www.ACCU.org.uy (19/5/2014)

viernes, 14 de marzo de 2014

La música de True Detective



Matthew McConaughey como Rust Cohle



La banda sonora de la primera temporada de la serie de televisión de HBO, a cargo de T-Bone Burnett. The Handsome Family, The Black Angels, Captain Beefheart, Bo Diddley, The Melvins, Grinderman, Wu Tang Clan, entre otros.

No hay que ser un especialista en la materia para reconocer el talento de T-Bone Burnett en una banda sonora. Prolífico productor musical con una dilatada carrera y varios premios, entre sus grandes logros personales se destaca haber tocado la guitarra junto a Bob Dylan en la gira Rolling Thunder Revue.

Yo le presté atención por primera vez por su notable labor en la banda sonora de ¿Dónde estás, hermano?, película de los hermanos Ethan y Joel Coen de 1999. También colaboró en la música de El gran Lebowski, film anterior de los cineastas con los que ha trabajado en varias ocasiones.

Su relación con Hollywood es larga, en películas como Johnny y June: pasión y locura (2005) y en Loco corazón (2009), entre otras. En los últimos meses se ha lucido en la serie de televisión de HBO True Detective, sobre la que definió su tarea como si fuera “trabajar en la banda de sonido de una película de ocho horas”, al ser entrevistado por el sitio web Mother Jones.

Hasta los primeros días de enero pensé que no podía haber una sola banda de sonido que en los últimos tres años le llegara, en su versatilidad, extravagancia y riqueza, a los talones a la del videojuego Grand Theft Auto V , lanzada en setiembre de 2013 lo hizo Robbie Robertson en la banda sonora de El lobo de Wall Street, película de Martin Scorsese. Pero llegó la primera temporada de la nueva serie de HBO y la cosa cambió. La canción de estilo folk murder ballad de los créditos iniciales “Far From Any Road”, a cargo de The Handsome Family, me llamó la atención como también a decenas de miles de televidentes de todo el mundo. Climática, espectral y con una intro precisa para lo que expondrá la serie: el paisaje de Louisiana (niebla, ceniza, pantanos, pastizales, ruta) como bucólico escenario del horror, donde dos detectives (Rust Cohle y Marty Hart, interpretados por los actores Matthew McConaughey y Woody Harrelson respectivamente) investigan durante diecisiete años una serie de asesinatos de niños y mujeres vinculados con una secta satánica. Con esta canción ya se podía avizorar la vigencia de la inquieta visión de Burnett, además de la importancia del título para la serie (“Lejos de cualquier camino”).



Pero Burnett apenas comenzaba. En el mismo capítulo piloto llegó otra elección: “Young Dead Men”, primera canción del disco Passover (2006) de The Black Angels, banda relevante de rock psicodélico y alternativo de la última década, oriunda de Texas —la que con otra gran canción de mismo disco, “Black Grease”, está presente en la banda de sonido de Grand Theft Auto V. “Entonces comiencen a hacer las putas preguntas correctas”, dice el detective Rust Cohle a sus interrogadores en el final del capítulo. Lapidarios McConaughey, Burnett y la guitarra de Christian Bland, de los Ángeles Negros.



En el segundo capítulo “Seeing Things” (Viendo cosas) queda en evidencia la importancia de la mixtura entre la psicodelia y el folk para Burnett. Volviendo al folk, en un encuentro del detective Hart con la joven Lisa se escucha “Train Song”, de la inglesa Vashti Bunyan, artista que amagara con una prominente carrera en la década de los años setenta y que pasara al olvido durante años, salvo para artistas que la consideran “de culto” y para Burnett, quien la rescata y nuevamente desde el título y el clima de la canción define con economía una relación entre dos personajes.



Hablando de “ver cosas” el capítulo cierra con el descubrimiento por parte de los detectives de un mural en una iglesia en ruinas y nuevamente con rock psicodélico. Y, como los Black Angels, también de Texas. Pero en este caso una cruda psicodelia de 1966 y con mucha menos distorsión: "The Kingdom of Heaven", de 13th Floor Elevators, liderados por el gran Roky Erickson.

Dentro de la variedad de la banda sonora, Burnett se esmera asimismo en la profundidad de personaje. Un ejemplo claro es cuando Cohle, solo y encerrado en su habitación con alcohol y cigarrillos, pasa la noche estudiando decenas de documentos y fotografías de mujeres asesinadas. A modo de ironía en relación con la obsesión de Rust, éste escucha la canción “Clear Spot” (1972), del paladín de la psicodelia Don van Vliet, célebremente conocido como Captain Beefheart. “Tengo que correr muy lejos para encontrar un lugar a salvo”, canta el Capitán. Asimismo, la letra de esta canción es perfecta para la descripción visual de la Louisiana de True Detective.



Un momento notable de la serie llegó como un quiebre, o para algunos un clímax anticipado. Hasta el capítulo 4, mitad de la temporada, críticos y buena parte del público comparaban el rumbo de la serie, y de la investigación, con Zodiaco (David Fincher, 2007) en el hecho de que hasta el momento se había hablado demasiado pero aún no se había disparado una sola bala y ni siquiera los detectives habían desenfundado sus armas. Pero todo terminó con “Who Goes There”, cuando el director Cary Joji Fukunaga (quien dirigió los ochos capítulos de la temporada) rompió el silencio con un raid que comenzó con la presencia del detective Cohle en una sórdida fiesta de motociclistas en la que de forma acorde suenan “A History of Bad Men”, de The Melvins y “Holy Mountain”, de Sleep y que culminó con un largo plano secuencia de seis minutos (sin edición, sin cortes) con éste metido en un robo de droga y una posterior balacera y persecución en un complejo de viviendas. 



Por si al espectador aún no le quedaba claro el efecto de caos, con las sirenas de la policía y el vuelo de un helicóptero aún de fondo con la caída de los créditos finales, Burnett despide el capítulo con "Honey Bee (Let's Fly To Mars)" de Grinderman, de su disco homónimo de 2007, con Nick Cave en la voz.

Estas no son todas las canciones que se pueden escuchar en la primera temporada de la serie. Solo una selección. Entre otros, también son parte de la elección de Burnett: Lucinda Williams (“Are You Alright?”), Gregg Allman (“Floating Bridge”), Bo Diddley (“Bring It To Jerome”), Ike & Tina Turner (“Too Many Tears In My Eyes”), The Kinks (“Tired Of Waiting For You”), Black Rebel Motorcycle Club (“Fault Line”) y Wu Tang Clan (“Clan In Tha Front”).

Llegó a su fin la primera temporada de True Detective. Un puzzle que en su celosa construcción para la televisión evoca a la onírica Twin Peaks (David Lynch, 1990-1991). Un caso criminal en el que se destacó la importancia de llamarse Rust Cohle y la importancia de llamarse Reginald Ledoux. Un micro universo con mitología adaptada, donde los símbolos “Carcosa” y el “Rey Amarillo” mantuvieron en vilo a millones de espectadores la ciudad ficticia Carcosa lo hizo con el escritor Ambrose Bierce, evidente influencia de la serie. Un viaje al corazón de la oscuridad en busca de luz, con la inevitable referencia a Joseph Conrad. Su creador, el escritor Nic Pizzolatto, trabaja en lo que viene con la novedad y el reto de contar otra historia, con nuevos actores y nuevo director detrás de cámara. Pizzolatto se queda. Espero que lo mismo ocurra con Burnett.



 





Nota publicada en agencia Uypress (11/3/2014)

miércoles, 26 de febrero de 2014

Nebraska, de Alexander Payne



Esta historia mínima de Alexander Payne es uno de los retratos más auténticos sobre la clase trabajadora estadounidense realizados por Hollywood en los últimos años. Es difícil separarla de la crisis económica que en 2008 golpeó de lleno al país, afectando principalmente al medio rural y a pequeñas ciudades.

Nebraska es una comedia que examina el curso de las relaciones humanas y las brechas generacionales en un escenario que convive entre la permanencia y el cambio. Algo que inquieta a Payne y que ha explorado en Las confesiones del Sr. Schmidt (2002) y en Los descendientes (2011). Una película "fantasmal" por la asociación entre la notable fotografía en blanco y negro de Phedon Papamichael, la música acústica de Mark Orton y las imágenes en largas tomas a las que recurre Payne: la ruta que no tiene fin con viejas columnas de alumbrado, campos de trigo sin trabajadores, vacas a lo lejos. Una road movie que evoca y continúa un retrato en común de cineastas estadounidenses como Preston Sturges, Terrence Malick o los hermanos Coen. En estos sitios siempre hay gente acodada en barras de bares en busca de una cerveza fría o que se reúne en una mesa familiar para contar y escuchar historias, sin importar que sean viejas o nuevas. En el caso de Payne, su película actúa como un reto a las actuales tecnologías y a sus propuestas de comunicación e interacción para las personas. Sobre este punto, la belleza visual del film es de carácter militante.

Asimismo, la película me recuerda a dos expresiones artísticas. Primero, al álbum Nebraska de Bruce Springsteen (1982), cantautor y paisajista que expone como pocos el conflicto entre la nostalgia y el futuro bajo una posible eternidad circular que solo depende en su movimiento de la acción de los humildes en el presente. Segundo, por su encare de la vejez expuesta ante un bucólico escenario —la ruta, metáfora del camino—, se asemeja a Una historia sencilla (David Lynch, 1999).

La película comienza con un plano general largo con el viejo Woody Grant caminando a lo lejos a un lado de la autopista hacia la cámara. La imagen es un rescate de la distancia, leitmotiv del film. Camina solo desde Billings (Montana) hasta Lincoln (Nebraska), lo que es una locura por la cantidad de millas. El hombre cree haber ganado un millón de dólares en un concurso tras leer un anuncio publicitario en una revista. Generoso ante propios y extraños, con problemas de alcoholismo y desvaríos mentales, lo interpreta el veterano Bruce Dern, quien a sus 77 años y con más de 80 películas a cuestas ejecuta su labor con una admirable economía de gestos y diálogos. Su manifestación de la dispersión de su personaje es tan estoica como creíble.

Pero Woody no está solo. Su hijo David (Will Forte) está a su lado y, aunque sea consciente del evidente malentendido, conoce a su padre, quien por su situación no está lejos de ingresar en un geriátrico. Kate (June Squibb, actriz de Las confesiones del Sr. Schmidt), esposa de Woody y madre de David, no puede más con los delirios mentales de su compañero de vida. Por su parte, Forte, actor surgido de la comedia de Saturday Night Live, se expresa apto en su rol, sea en la perdida expresión de su mirada como en los diálogos que mantiene con su padre. Incluso es fundamental para extender de forma física y externa la dignidad de Woody.

El millón de dólares no es una mera anécdota en el guion de Bob Nelson: es un símbolo de la crisis económica que abarca las miserias que pueden afectar a trabajadores y a ignorantes en una comunidad rodeada de incertidumbres, sea ésta la de la ficticia Hawthorne o de tantas otras ciudades urbanas y rurales de Estados Unidos y del resto del mundo.








Dirección: Alexander Payne. Guion: Bob Nelson. Fotografía: Phedon Papamichael. Música: Mark Orton. Elenco: Bruce Dern, Will Forte, June Squibb, Bob Odenkirk, Stacy Keach. 115 minutos. 2013.


Nota publicada en www.ACCU.org.uy (25/2/2014)