Mostrando entradas con la etiqueta LIBROS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LIBROS. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de enero de 2012

Lorca y Uruguay


Lorca e intelectuales ante la tumba de Barradas / Foto: Enrique Amorim


“Lorca y Uruguay. Pasajes, homenajes, polémicas” es un ensayo realizado por Pablo Rocca y Eduardo Roland, una investigación sobre la estadía del poeta granadino en Uruguay durante dieciocho días en febrero de 1934, donde mantuvo una agitada agenda social, brindó conferencias a sala llena, recordó a su amigo Rafael Barradas, y dejó un imborrable recuerdo en quienes lo conocieron.



Lo de Montevideo ha sido un éxito enorme. Fui al desfile
en el Carnaval y me tuve que ir a mi casa,
porque la gente me aplaudía en las calles. “Ahí va Lorca”.
La mujer de Canedo me decía “cuánto daría que viera esto tu madre”.
Federico García Lorca. Epistolario Completo (1997).


Rocca y Roland realizaron un trabajo atento y paciente durante una década (1998-2008), alejado del estereotipo o de la trampa del nacionalismo cursi en Lorca y Uruguay. Pasajes, homenajes, polémicas. Una investigación sobre la relación del poeta con Uruguay, un seguimiento a los dieciocho días de su estadía en el Hotel Carrasco, del 30 de enero al 17 de febrero de 1934, y la ulterior importancia de la visita del poeta en la cultura nacional. La obra logró el primer premio en la categoría de ensayo literario inédito del concurso del Ministerio de Educación de Cultura de Uruguay. En 2010, Alcalá Grupo Editorial lo publicó.

Federico se embarcó desde Sevilla en su segundo y último viaje a América con su amigo, el escenógrafo Manuel Fontanals. Su destino: el Río de la Plata. Citando al Conde de Lautréamont —según el andaluz: el “uruguayo pero nunca francés”, y que “llenó de horror con su canto la madrugada del adolescente” (Cuadernos de Crisis, número 2, noviembre 1973, Buenos Aires)— en el primero de sus Cantos de Maldoror: a “Buenos Ayres, la reine du sud, et Montevideo, la coquette”. La llegada de Federico a Montevideo fue en la mañana del martes 30 de enero de 1934, en busca de “otros aires” luego de su estadía en Buenos Aires, ciudad en la que desembarcó en octubre de 1933 y en la que fue vitoreado como una gran celebridad, como un actor de la edad de oro de Hollywood, como un gran poeta.

La actriz Lola Membrives y su esposo, el empresario Juan Reforzo, alentaron al granadino a tomarse unos días en Montevideo para alejarse del ritmo de vida social de Buenos Aires que le impedía trabajar en sus poesías y en sus dramas teatrales, varios en desarrollo y aún sin publicar —testimonios de la época insisten en que Membrives y Reforzo “secuestraron” en el Hotel Carrasco al poeta para que les entregara alguna obra en exclusiva—. Como el célebre caso del especial pedido para que culminara “el tercer y último acto de Yerma” y, menos evidente para Membrives y Reforzo pero más importante para Federico, revisara los poemas que había creado en su primer viaje a América y estadía en Nueva York entre los años 1929 y 1930, y que en la póstuma edición de 1940, cuatro años después de su muerte, conformarían el poemario Poeta en Nueva York. Durante su estadía en Montevideo, Federico llegó a recitar algunos de estos poemas en más de una ocasión, que en aquel entonces eran parte de su proyecto literario Introducción a la muerte.

Amorim y Lorca en Montevideo / Foto: Enrique Amorim

La presión de traer al poeta no era solo de Membrives y Reforzo, o de amigos como el escritor uruguayo Enrique Amorim, sino que llegó a ser un asunto diplomático. El embajador de España en Uruguay, Enrique Díez-Canedo, amigo personal de Federico y su familia, le solicitó expresamente que visitara Montevideo. Pero por otro lado había una razón, mucho más personal para el poeta: la amistad. Los primeros comentarios o relatos que el poeta escuchó de Montevideo, seguramente fueron los que le narró el pintor uruguayo Rafael Barradas, amigo y compinche en las noches de bohemia en el comienzo de la década de los años veinte en las cosmopolitas Madrid y Barcelona, y que generó una trascendente impresión en Federico tras su prematura muerte en 1929. No debe extrañar que el andaluz haya decidido finalmente viajar a Montevideo para realizar —y como él mismo luego hasta lo organizaría— un breve homenaje en la tumba de su amigo en el Cementerio del Buceo, el 12 de febrero de 1934. Así Federico demostró su pesar, su reconocimiento, su humildad: según rescatan las crónicas y reportajes de la época, el poeta, abrumado en eventos sociales por fotógrafos, periodistas, personalidades de la cultura y curiosos, recordaba a su amigo Barradas, a quien “españoles y uruguayos dejamos morir de hambre”, según sus propias palabras, compartiendo y cargando con la culpa. No es casualidad que este libro comience con el primer capítulo Una amistad vanguardista: Lorca y Barradas. 

Hay otras imágenes dignas de mención: los encuentros con Juana de Ibarbourou y la anécdota de una concurrencia a misa junto a la poeta, su familia y su esposo, Lucas Ibarbourou, junto a Federico con el rosario en mano en la iglesia, ambos de pie; sus paseos por la rambla de Carrasco con el buzo “marinero” que le obsequió Amorim: la clásica imagen-icono de Lorca en Uruguay; otro paseo en el auto descapotable de Amorim por la avenida Dieciocho de Julio en el desfile de carnaval y con los curiosos reconociendo al español y gritándole “¡Qué lor-ca, qué lor-ca!” —juego de palabras con el clima de febrero y el apellido del granadino—; su paseo por las playas de Atlántida y, caminando sobre las rocas, el poeta recitando a viva voce a Amorim y al periodista Alfredo Mario Ferreiro sus versos que posteriormente serían inmortalizados en Poeta en Nueva York

En este libro hay un capítulo dedicado a la actriz catalana Margarita Xirgú. Esto es por varios motivos. Primero, por ser “la actriz de Lorca”, por la rendición del público y la crítica local en su visita a Uruguay en 1937 —un año luego del asesinato del poeta— luego de las presentaciones de las obras Mariana Pineda (1927), La zapatera prodigiosa (1930), Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y Doña Rosita la soltera (1935). Segundo, por el duelo artístico y personal entre Margarita y Membrives. Y tercero, porque en 1949 la catalana acepta una oferta de trabajo de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD) y se radica en Montevideo, liderando y cambiando el arte teatral local de la segunda mitad del siglo XX.

Finalmente, Federico regresó a Buenos Aires desde Montevideo el 17 de febrero de 1934. El Anexo 4 del libro, Imágenes, presenta fotografías, cartas, poemas y dibujos del poeta relacionados con su estadía en Uruguay como asimismo con los capítulos del libro: desde las fotografías con Luis Buñuel y Barradas en los años 20’, pasando por su llegada al Puerto de Montevideo, las portadas de los diarios de la fecha, los afiches de sus conferencias, las fotografías de sus vivencias en Montevideo y las del homenaje a Barradas en el Cementerio del Buceo.

Todo esto dos años y seis meses antes del 18 de agosto de 1936, cuando en plena Guerra Civil Española a Federico lo fusilaron en su tierra, entre Viznar y Alfacar. Desde México y Colombia le ofrecieron previamente el exilio, pero el poeta se negó. En Granada finalmente lo traicionaron, lo entregaron para que lo torturen sus captores falangistas y, finalmente, "por rojo y marica” lo arrojaron en una fosa común en la madrugada de una noche de verano, baleado y balbuceando, todavía vivo, junto a los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Posteriormente, su cuerpo fue removido de la fosa y aún no ha sido hallado. 





Lorca y Uruguay. Pasajes, homenajes, polémicas, de Pablo Rocca y Eduardo Roland. Alcalá Grupo Editorial/Trecho, 2010. 310 págs.



lunes, 18 de abril de 2011

"El proceso", de Franz Kafka (1925)


Max Brod y Franz Kafka al sol


En la obra literaria de Kafka la relación causa-efecto es temible, en donde cada parte parece estar destinada a defender su postura antes que nada. Así se crea el universo de la incomunicación, una realidad persistente donde habitan y se desarrollan los personajes-individuos.

El inicio de la trama es inolvidable: Josef K. despierta en la habitación de la pensión donde reside, llama a la mucama para que le suba el desayuno, y en lugar de ésta vienen dos individuos de traje negro, de temple lúgubre, quienes le informan que ha sido arrestado. Aquí nace el conflicto: K. deberá vivir un proceso frente a una causa, delito o crimen que nunca le es definido. Una situación que en un principio no le impide seguir con sus quehaceres diarios (como desempeñar su alto cargo en un banco de la ciudad, ir a la taberna o visitar a su amiga Elsa) mientras cumpla con unos simples protocolos de rigor, como presentarse en ciertas oficinas una vez por semana. Es una justicia que le acoge cuando K. va, y lo deja ir cuando éste se marcha.

Pero lentamente la trama comienza su bifurcación y vemos la inmovilidad de K., presa de un sistema jurídico corruptible desde su base e imperturbable en su alta jerarquía, con inacabables grupos de funcionarios establecidos en una imperturbable burocracia de ciclópea estructura.

Esta burocracia es paciente sólo frente a sus propias reglas y hace lo que quiere con los hombres. En este círculo vemos al acusado en una actitud combativa frente a su situación, ejemplificada en el capítulo donde utiliza su capacidad de orador en una primera sesión sobre su proceso frente a una galería atestada por unos funcionarios temibles y consecutivos: como señaló el propio Kafka, “el proceso se mueve dentro del círculo al que artificialmente se ha limitado”.

El misterio y la paranoia crecen con el pasar de las páginas con personajes que se suceden: la señorita Bürstner, el tío de K., el abogado, el pintor, Leni, Block, y un sacerdote que le relata al acusado un pequeño relato acerca de “la ley”, que es tan famoso como el propio libro. Resumido, dice así:

“Un campesino se presenta ante la ley pero debe atravesar una puerta, abierta de par en par, vigilada por un guardia con aspecto de bárbaro pero paciente en sus palabras. El campesino, al creer que la ley es igual para todos desea entrar, mira hacia dentro, pero el guardia le dice que puede entrar pero no se lo recomienda. Una vez que pase esa puerta habrá otras con otros guardias de mayor poder que él y más temibles. El campesino teme y espera por años que se le dé el permiso para entrar. Su conducta en un principio es de gritar y protestar, pero luego y a medida que envejece sólo se limita a gruñir entre dientes. Entre inútiles súplicas, interrogatorios y sobornos se da una relación entre guardia y campesino, y así pasa la vida de éste último. Finalmente el campesino pregunta al guardia, sintiendo el peso de los años, el arribo de su muerte: Si todos aspiran a entrar a la ley, ¿cómo se explica que en tantos años, nadie, fuera de mí, haya pretendido hacerlo? El guardia, al ver al anciano campesino próximo a su fin, sentencia: Nadie sino tú podía entrar aquí, esta entrada estaba destinada sólo para ti. Ahora me marcho y la cierro”.



El proceso es un libro que como el grueso de la obra de Franz Kafka nunca hubiese visto la luz a no ser por la voluntad de su amigo Max Brod, quien decidió publicar los escritos más allá de la voluntad de Franz de destruir todo. “Inacabada”, fue cómo el propio autor calificó esta obra, pero según su amigo, la trama bien puede continuar hasta el mismo infinito. A Brod se le debe poco menos mérito que al propio escritor en el rescate, cuidado y en dar a conocer una obra literaria atemporal. Lo que podría referir la pregunta de qué sería de Franz Kafka sin Max Brod, o de otros como Karl Marx sin la amistad de Friedrich Engels.

Asimismo, esta obra ha tenido certeras adaptaciones al cine: Orson Welles lo logró con justicia en 1963, y en 1985 Terry Gilliam basó su film futurista Brazil influenciado por este universo kafkiano.

El Proceso puede ser una historia acerca de un engaño, una pesadilla (de pesadillas), la trama de la Commedia de Dante llevada a la modernidad, o un laberinto del absurdo. Pero nunca dejará de ser una de las más valientes metáforas (en su sentido erudito como corpóreo) acerca de la extraña y perdurable condición humana.


Franz Kafka (1883 – 1924). Otras obras: La metamorfosis (Novela - 1917), Carta al padre (Diario - 1919), El castillo (Novela - 1922), Diarios (1910-1923), América (Novela - 1927), Cuentos completos (1971).




jueves, 2 de diciembre de 2010

"Burn, Burn, Burn...". // "Rabbit in your headlights".

Hay
Un

Tunel.

Luces.
The
Spotlights.
Detrás.

Sudor,
Olor,
Sobaco,
Barba
De
Varios
Días.

Una
Campera.

Bocinas.

Llantas
Queman.

Lejos.
Perro.
Lame.
Vómito.

Golpes.
Huesos
Rotos.

Sangre.

Caer.
De pie.

Headlights.
Luces
delanteras.

Caminar.
Walk.
Marcher.
Gehen.
Gå.

Desnudo
Para siempre.

Stop.
Arrête.

Achtung!

Explosión.

Hombre.
Man.

Burn,
Burn,
Burn...



M. Dávalos.-




Basado en el video Rabbit in your headlights, de U.N.K.L.E. (dirigido por Jonathan Glazer).






viernes, 19 de noviembre de 2010

"Le Petit Prince", de Antoine de Saint-Exupéry (1943). (Folio).





Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una boa que digería un elefante.

Entonces dibujé el interior de la boa, para que las personas mayores pudieran comprender. Ellas siempre necesitan de explicaciones.



On ne voit bien qu' avec le coeur.

L' essentiel est invisible pour les yeux.


El narrador, un aviador, se encuentra solo, varado en algún lugar del desierto de Sahara debido a un problema en el motor de su avión. En ese lugar inhóspito encuentra a un hombrecito de cabellos de oro, amante de atardeceres, dueño de una singular mirada melancólica, que ríe y no responde cuando se le hace una pregunta, y que jamás olvida una de las que él formula, llamado "Principito".

Luego de las tres primeras acuarelas inolvidables del libro, nace una relación entre estos dos personajes donde la comunicación de todos los sentidos emerge con un impulso como el de la primera flor que nace en cada primavera. O como el odio en alguna esquina de tu ciudad o de la mía. "Dibújame un cordero", son las primeras palabras del visitante al varado aviador.

De la misma manera los símbolos que utiliza el autor jerarquizan esta obra, tiznada de diálogos de prosa sencilla como misteriosa que iluminan y meditan en tiempo paralelo a una destructiva segunda Guerra Mundial y a un exilio personal: los baobabs son árboles formidables con ramas que al expandirse infectan todo lo que se encuentre a su paso, perforando el planeta con sus grandes raíces. Éstas malas hierbas según el Principito "deben ser atacadas cuando son pequeñas sino luego podría ser muy tarde". Se ha dicho demasiado acerca de a qué se refería el escritor cuando hablaba de los baobabs, pero todo indica a que simbolizaban la presencia del nazismo sobre Europa. Sin embargo otro símbolo como lo es la rosa, la única flor del planeta del Principito, la cual cuida y tiene buenas espinas para defenderse de las bestias, apareciendo junto al sol y desapareciendo cuando este se esconde, representa la pasión, el cuidado y el afecto.

En este desierto, donde el viento todo dispone, el Principito narra al aviador su viaje a otros planetas: el primero, donde encuentra a un Rey que le ofrece altos cargos en su minúsculo planeta donde su propia vestimenta ocupa la mayor parte de la superficie; un segundo planeta habitado por un vanidoso solitario; un tercero habitado por un lúgubre borracho que bebe para olvidar la vergüenza de su propio vicio; un cuarto planeta donde tropieza con un hombre de negocios que entiende su universo sólo por el poder, creyendo ser dueño hasta de las estrellas de su planeta; un quinto planeta, el más pequeño de todos, habitado por un extenuado farolero; y finalmente el sexto planeta, habitado por un geógrafo que desalienta al viajero al decirle que las flores son efímeras y que en el planeta Tierra está lleno de ellas. Lánguido, el Principito se topa con un zorro, que resalta la distinción de su rosa, gracias al cuidado y amor que le brinda el Principito. Las metáforas son desbordantes: vemos las diferencias entre la aristocracia y la burguesía (el ejemplo cuando el hombre de negocios le dice al Principito que los reyes no poseen sino que reinan sobre las cosas), entre los modos de pensamiento del hombre (el caso del vanidoso y el borracho) y de la sincera amistad (el caso del zorro).

Este relato autobiográfico es un triunfo personal y compartido, alejado de cómodas y equívocas recetas (sobre el epílogo apreciamos ver al narrador retomar su esencial pasión de dibujar, y si se da un triunfo este debe ser compartido). Rebelión e inocencia componen un "encuentro" coloreado de sueño, que siempre debe ser la infancia. El libro está dedicado a los niños pero sería una pavorosa falacia considerarlo como literatura infantil, ya que dentro de estas páginas bañadas de melancolía se halla una conjunta valoración avasallante en este inolvidable clásico de la literatura universal. Y cuántas historias relacionadas a cada lector de este libro..., como la de uno mismo, "tomando prestada" una edición de bolsillo de Folio de un comercio de la rue Mouffetard, en Paris, año 2006.

Le Petit Prince fue publicado por primera vez en edición norteamericana (Reynal & Hitchcock, versión inglesa y francesa en 1943), que incluye las célebres acuarelas realizadas por el propio autor que se encontraba exiliado de una Francia invadida por el nazismo. Esta fue la única edición que conoció en vida el aviador (luego del fin de la segunda guerra mundial saldría la primera edición del libro en Europa), ya que un año después "desaparecería" durante una misión de reconocimiento sobre el mar Mediterráneo. Personalmente siempre me encontraré del lado de los que creen que Antoine de Saint-Exupéry fue al encuentro de aquel amigo que alguna vez encontró en un desierto de fuego.



M.Dávalos.-



Antoine de Saint-Exupéry (1900 - 1944). Otras obras: Vuelo Nocturno (Novela - 1931), Tierra de hombres (Novela - 1939), Piloto de guerra (Novela - 1942), Carta a un rehén (Novela - 1943), Ciudadela (1948).







viernes, 15 de octubre de 2010

"Remo y su loba" en revista Otro Cielo (Octubre).

Estimados:

Este mes de octubre, el relato de mi autoría Remo y su loba salió en "Otro Cielo", revista literaria donde se destaca un tributo-imágen al recientemente ido Fogwill.


Hete aquí para leer la revista en vivo y completa.









martes, 5 de octubre de 2010

Un Imperio arde en el patio trasero







Hubo un joven.
A dos meses
de cumplir
18 años.

Recordó
que tenía que alquilar
Inland Empire,
de Lynch.

Ya la había visto.
En un Festival.
Internacional.
Cine.

Creyó.
Haber.
Entendido.

Estaba
Disponible.

Hacer 7 copias.
En DVD.

Juntarlas
en el
patio
trasero
de
su casa.

Y quemarlas.
Todas.

No se salvó
ni
la
original.

El videoclub no entendería (¿Lynch sí?).
Pero llamaría
por la copia.

Pero
jamás
lo hicieron.

Ya pasaron
6
meses
de
esto.


Y el no volvería más ahí.

Algo andaba demasiado bien.



M. Dávalos.-




domingo, 1 de agosto de 2010

Recordando a Idea Vilariño





Hablando de Aquiescencias, dos recortes sobre Idea Vilariño, a poco más de un año de su desaparición física.



"Escribo, pienso, leo...".

Escribo
pienso
leo
traduzco veinte páginas
oigo el informativo
escribo
escribo
leo.
Dónde estás
dónde estás.



Sobre J.C. Onetti:


“Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui”. (Fuente: "Construcción de la Noche", por María Esther Gilio y Carlos Domínguez).




jueves, 1 de julio de 2010

“Ficciones”, de Jorge Luis Borges (1944). (Emecé).





El libro está constituido por dos partes: la primera, El jardín de los senderos que se bifurcan, de 1941, contiene siete relatos, incluyendo este último, uno de los más notables logrado por el escritor; la segunda, Artificios, de 1944, cuenta con nueve relatos, donde Funes el memorioso, La forma de la espada, La muerte y la brújula y Sur logran con creces la inmortalidad literaria, ya sea en las pampas o en las bibliotecas de Ginebra.

En cada uno de los cuentos que componen este volumen encontramos inquietudes reinantes que luego aparecerán a lo largo de la obra de Borges: tiempo, eternidad, laberinto (de laberintos), libro. Asimismo el autor comparte con su “buen lector” sus inquietudes, ya sean metafísicas, filosóficas, matemáticas, filológicas, literarias y humanas.

Hay quizá dos cuentos en este volumen donde todos estos temas oscilan de forma cuasi-perfecta integrando un “aleph” literario: Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y El jardín de los senderos que se bifurcan. El primero de ellos trata de la representación de notas sobre libros imaginarios y de la amistad del escritor con su par Adolfo Bioy Casares, y el segundo es el cuento policial que en estructura (previo paso por Chesterton) mira de reojo al Escarabajo de oro de Edgar Allan Poe, donde uno de sus personajes, Ts’ ui Pên, contiene un alto grado autobiográfico con el mismo Borges.

Otros relatos merecen su mención: Las ruinas circulares es la disección de un inquietante sueño, Pierre Menard, autor del Quijote es la imposibilidad de la empresa de un hombre de volver a escribir la obra magna de Cervantes, La biblioteca de Babel es la formación de un paraíso personal, Funes el memorioso (ubicado intencionalmente en el espacio campestre del Uruguay) puede ser visto como una metáfora de la vida -como así también la relevancia de la oralidad- del propio escritor, Tres versiones de Judas plantea otros puntos de vista acerca de la presencia de este discípulo en la vida de Jesucristo y Sur es el fruto de una pesadilla, cuento preferido del escritor.

En Ficciones el buen lector está ante un punto de quiebre frente a la narrativa de Jorge Luis Borges. Luego de Historia universal de la infamia (1935) se pasa a otra categoría: la técnica del cuento. Se puede apreciar un modus operandi que se conforma y de aquí podemos decir que varios escritores intentaron basar sus propios desgraciados futuros literarios imitando este inigualable modelo, como también a otro de similar estructura, el kafkiano. Si hay algo que se le debe a Borges es la brevedad.

Ante todo Borges se consideraba un escritor del siglo XIX, para quien la literatura lo significaba casi todo y poco le importaba lo que se encontraba fuera de ella. En ocasiones, para distanciarse de la crítica contemporánea comentaba: “Para elegir un tema de mis cuentos elijo lugares y tiempos remotos para escribir con más tranquilidad. ¿Quién va a saber los modismos de un compadrito de los arrabales de Palermo de fines del siglo pasado?”.

He escrito con redundancia acerca del “buen lector”: la obra literaria de Jorge Luis Borges es el verdadero jardín de los senderos que se bifurcan y requiere de esta presencia para concretarse, como otras de grandes escritores como Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, o las Sagradas Escrituras.



M. Dávalos.-



Jorge Luis Borges (1899-1986) Otras obras: Inquisiciones (1925 - Ensayo) Historia universal de la infamia (1935 - Cuentos), Historia de la eternidad (1936 - Ensayo), Poemas (1923-1943), El Aleph (1949 - Cuentos), Otras inquisiciones (1952 – Ensayo), El informe de Brodie (1970 - Cuentos) El libro de arena (1975 - Cuentos).




miércoles, 7 de abril de 2010

"Nadie encendía las lámparas", de Felisberto Hernández (1947). (Sudamericana).







En Nadie encendía las lámparas Felisberto se consagra como el escritor más ingenioso de las letras uruguayas. La invención se tiñe de “fantástica” por catalogar algo que quizá sea incatalogable. El voyeurismo, el fetichismo y el erotismo habitan en cada uno de los cuentos de éste libro impar. A su vez se forma un gran universo donde objetos como partes del cuerpo humano toman vida propia, más allá de la conciencia.

Cada uno de estos diez cuentos es un inmediato clásico, donde su personaje principal es el propio Felisberto Hernández: ese cuentista que lee a oscuras, el pianista desventurado, el alucinante acomodador, el intruso de casas ahogadas y espaciosas, el perspicaz escucha de extrañas mujeres y matronas, el caballo. Es esa penetrante primera persona que mama y en varias ocasiones desafía al surrealismo, quizá sin darse cuenta. Pocas veces en la literatura latinoamericana el “yo” tuvo tanto significado propio.


Nociones filosóficas (con llamativas influencias socráticas y bergsonianas) nadan en estas páginas y nunca lo hacen a la deriva, como en otros casos donde se intenta colocar de los pelos esta disciplina sobre la literatura. Cuando se habla de la obra de este escritor resulta más apto hablar de una “psico- (i)lógica” (concepto adjunto a su precursor y amigo Carlos Vaz Ferreira), que de una psicología fundamentada.


Felisberto era ante todo un pianista, y hay pasajes en este libro donde parece que uno no sólo está leyendo palabras, sino que por el contrario, uno puede sentir a alguien tocar el piano, y esto se debe a la composición de su método original de escribir con su método como pianista plasmados sobre sus palabras. En ciertas ocasiones su elaboración literaria dista de ser erudita, donde se puede encontrar cierto parentesco en dicho punto con la prosa de Roberto Arlt.


El humor en Felisberto es de una distinción elegante y lo coloca como un “outsider” dentro de las letras uruguayas. En Muebles “El Canario”, el cuento más breve del volumen, es casi imposible que lo increíble que pasa sobre los ojos del lector no provoque una sonrisa.


Felisberto Hernández junto con Horacio Quiroga son los dos mejores cuentistas que alguna vez haya dado la literatura uruguaya.


Entre 1947 y 1949 se publican Nadie encendía las lámparas y Las hortensias. Este es el período más prolífico en la obra de este escritor uruguayo que con una bizarra sencillez en sus palabras logró encender las lámparas dentro de una gran oscuridad reinante en la escena literaria de aquel entonces y de hoy en día. Sin lugar a dudas, un inescrutable de la literatura latinoamericana.



M.Dávalos.-



Felisberto Hernández (1912 – 1964) Otras obras: Fulano de tal (Miscelánea – 1925), Libro sin tapas (Cuentos – 1929), Por los tiempos de Clemente Colling (Novela – 1942), El caballo perdido (Novela – 1943), Las Hortensias (Cuentos – 1949), Tierras de la memoria (Novela – 1967).





martes, 29 de diciembre de 2009

"Remo y su loba" en Revista Narrativas (N° 16)



Remo y su loba, el unico relato de mi autoría hasta el momento subido a Aquiescencias, meses atrás, ha sido publicado en la revista "Narrativas" en su número 16, de Enero-Marzo 2010.

Pronto, con seguridad suba algún otro relato en este blog aquiescente.


Los que gusten, pueden bajar la edición online de la revista, o con menos vuelta, acá.




jueves, 26 de noviembre de 2009

Entre un doble ancho y un manco



El manco Castro yendo al choque con el arquero argentino Botasso



Estadio Centenario, 30 de julio de 1930. Uruguay - Argentina. Final del primer campeonato de fútbol mundial. Al finalizar el primer tiempo y gracias a los goles de Peucelle y Stabile, Uruguay (el organizador del primer mundial de fútbol) caía 2-1 ante su gente, en el Estadio Centenario. En el entretiempo, el capitán celeste, José “El Mariscal” Nasazzi, fue claro: “Hay que dejar todo en cada pelota. Este partido lo ganamos“.

En el vestuario vecino, los argentinos estaban conformes con su juego pero eran cautos ante la ventaja lograda, no encontrando demasiado aliciente en el resultado parcial. Se recuerda un diálogo entre Fernándo Paternoster y Luis “Doble Ancho” Monti: “Mejor que perdamos, si no aquí morimos todos“, dijo el primero. Monti le respondió: “No. Si hoy ganamos, acá nos matan a todos“.

Monti años más tarde recordaría: “Cuando volvimos para jugar el segundo tiempo había como trescientos milicos con bayonetas caladas. A nosotros no nos iban a defender. Me di cuenta que si tocaba a alguien se prendía la pólvora“. Entonces les dije a mis compañeros: “Estoy cagado marcado, pongan ustedes que yo no puedo“.

Pero la cosa era diferente. El jugador argentino creía que las presiones recibidas hacia él y su familia se debían quizá a la rivalidad rioplatense, pero la realidad era muy diferente. La apretada venía desde espías italianos, desde el servicio secreto de Mussolini que quería sí o sí que Monti, la joya de San Lorenzo en aquel entonces, jugara para su selección en el mundial que organizaría en 1934.

Quien ganó parece fue la guita. Ya que finalmente, Monti culpó a la presión de los uruguayos sobre su actuación en la final del mundial y finalmente, luego del torneo se fue a jugar a la Juventus, en la Italia de Mussolini. Le ofrecieron 6.000 U$S mensuales, auto y casa, y en 1934 jugaría para la selección de Benito. Esa selección tana que si no ganaba la Copa Mundial cada miembro del cuerpo técnico y jugadores sería fusilado por las camisas negras.

Volviendo al match, se manejaron estrategias y ambos equipos salieron a la cancha. Una nueva final entre las selecciones donde había pica. Y curiosidades como la que cada equipo planteó jugar con su pelota. Mediante sorteo arbitral, Argentina logró jugar con su pelota el primer tiempo, mientras que Uruguay jugó con la suya (importada desde Inglaterra) los segundos 45 minutos.

La final continuó jugándose como lo que era: una final del mundo. Pedro Cea marcó el empate y Santos Iriarte puso el 3-2 para los uruguayos. El juego de ambas selecciones fue recio rozando con la malaleche: Nasazzi casi pierde parte de su dentadura por el juego con los codos del argentino Mario Evaristo.

El delantero celeste Héctor “el manco” Castro (en su adolescencia perdió su mano derecha con una sierra eléctrica) le hundió su muñón en el muslo al arquero argentino Juan Botasso, practicándole una paralítica y dejándolo sentido en buena parte del segundo tiempo. Años después durante un programa de televisión se reencontrarían el uruguayo Cea y el zaguero argentino José Della Torre, este último le recriminó al uruguayo aquella “avivada” de Castro. La respuesta del oriental es famosa: “¿Y vos que te pensabas... que era un partido entre casados y solteros? Aquella era la final de una Copa del Mundo“.

Finalmente, el partido lo dio vuelta Uruguay, en la cancha, por 4-2. El último gol del mundial fue de Héctor “el manco” Castro. En el minuto 90 de la final del mundial de 1930 marcó el cuarto y último gol del match, cabeceando un centro de su compañero Pablo Dorado.

Sobre el tema, años después declararía el jugador argentino, Francisco “Pancho” Varallo: “Influyeron cosas externas… Monti estaba tan asustado que cuando se caía un uruguayo iba y lo levantaba…“. Con el tiempo también se supo que el entrenador argentino, Francisco Olazar, había aceptado un incentivo monetario proveniente de la Italia de Mussolini.

Pero en esa época, los técnicos estaban dedicados más que nada al cuidado físico (varios de ellos eran profesores de educación física a secas). El capitán argentino Manuel “Nolo” Ferreira ha dicho que los consejos recibidos del técnico Olazar eran más que nada físicos y frases de recomendación nutricional del estilo: “No coman sanguches de salame antes de los partidos“. Del cuadro en la cancha se encargaban los jugadores.

Así se jugó la primer final del mundo en la historia mundialista. Folclore y romance. Todo esto en gran parte hoy perdido en la gran empresa que devino el deporte.



Bonus tracks:

- El laureado olìmpico arquero celeste (1924-28), Andrés Mazzali, se quedó sin mundial por una escapada nocturna con una rubia.

- Casi todos los jugadores de Rumania trabajaban en una petrolera inglesa que, en un principio, no les permitía viajar hasta que intercedió el propio Rey para que les dejasen ir a jugar el mundial.

- No hubo empates en los partidos jugados.

- El equipo de Estados unidos estaba compuesto por veteranos escoceses. Salieron terceros.




M. Dávalos.-




Post en simulcast con Fanáticos del mate




lunes, 20 de julio de 2009

“Los adioses”, de Juan Carlos Onetti. (1954). (Sur).





“Mi literatura es una literatura de bondad.

El que no lo ve es un burro”.

J.C. Onetti, entrevista con María Esther Gilio.




Hay una distancia que separa dos mundos: el del almacén y el del hotel, en la sierra. Dos puntos que unen la recta. En la sierra, cuesta arriba, hay un hotel con enfermos sentenciados, mientras abajo, en el almacén, caverna del pueblo, dominan los sanos, especuladores, rastrillos de la mirada. La voz narrativa de esta breve novela es la de uno de estos, el dueño del almacén.


El narrador, observador, inquisidor, luego de perder su indiferencia, comienza a sentir lástima sobre uno de estos enfermos, un ex basquetbolista taciturno, en notoria decadencia física, con unas manos llamativas que detonan (de una vez y para siempre) la atención del relator. Este enfermo parece sentirse ajeno a su realidad, a encerrarse en el sanatorio en busca de una posible salida. En cambio el narrador es displicente, de inmediato se encuentra en otro plano, sabe que las historias vienen a él, se posan sobre su mostrador, colocan sus labios sobre sus vasos, pero ésta en particular comienza a obsesionarlo y el detonante quizá son los cambios bruscos de modismos que ve en este enfermo. Comienza a desconocer, a sospechar, a sufrir por su propia mirada, su propia miseria. Comienza a sospechar de todo y, al notar la presencia de una serie de cartas y luego de dos mujeres (la de aire de matrona, ancha, de gafas oscuras junto a un botija de cabeza rapada, y la otra, de menor edad, inocente e intocable) que aparecen en la vida del enfermo, la incredulidad lo abruma. Le duele cuando el enfermo baja a esperar al tren, su pose acompañada con su mejor traje y sombrero, y verlo irse junto a la joven visitante, juntos hacia la sierra, a ese otro mundo, inalcanzable para él.


Cada una de estas dos mujeres es tan distinta de la otra como lo es el almacén de la retirada sierra, como lo son los sobres que envían: los de “letra de mujer, azul, ancha, redonda, con la mayúscula semejante a un signo musical, las zetas gemelas como números tres”, y los otros, color madera (“casi siempre con un marcado doblez en la mitad, escritos con una máquina vieja de tipos sucios y desnivelados").


Hay personajes que deambulan en ese almacén de piso de tierra: el enfermero, la mucama, el doctor Gunz, Andrade, permiten a la trama moverse en esa interpretación desleal, tiznada por una inconsciente envidia. Tocan de oído, entienden poco. Asimismo, la culpa se reparte en otros personajes menores, quizá hasta en los sosegados movimientos del botija que escolta a la mujer de gafas oscuras.

Como en el conjunto de su obra, Onetti maniobra, pero no tanto a sus personajes, ya que estos no sufren de excesivos manoseos, sino que el compromiso se encuentra en los movimientos y en la quietud; ahí, en esa estridencia que radica en el silencio de estos como en los espacios donde se ven atrapados. El gran acierto del escritor uruguayo en esta novela es confiar en su voz narrativa que deviene sugestiva al lector, que debe ver más allá de las confidencias del almacén y meterse en la sierra (el hotel, la casa de las portuguesas), en lo que poco se describe, que en gran parte se desconoce. Hasta ahí no llega el narrador y de cierta manera lo vuelve un entrometido más.

Los adioses es una historia de amor. Asimismo, es un particular obsequio de Onetti a uno de sus amores, Idea Vilariño. Se ha dicho por ahí que fue “lo que le salió” en el momento. Según como se desarrolla la narración, es baladí para el lector buscar ciegamente a la poetisa en estas páginas. Pero parece que en varios párrafos se vislumbra y de manera más que aceptable, en pasos, manos tomadas y separadas. Luego, el resto: la lucha de la literatura, que se desarrolla entre la muerte y la vida; y el adiós final, concebido en esa última mirada (que de inocente frescura deviene tempestuosa conciencia) de la joven frente a lo ineludible, para convertirse de inmediato en un esclarecimiento, crudo, fiel, para jamás olvidar.




M. Dávalos.-




Juan Carlos Onetti (1909 – 1994) Otras obras: El pozo (Novela - 1939), Tierra de nadie (Novela - 1941), Para esta noche (Novela - 1943), La vida breve (Novela - 1950), Para una tumba sin nombre (Novela - 1959), El astillero (Novela – 1961), Juntacadáveres (Novela – 1964), Dejemos hablar al viento (Novela - 1979), Cuentos completos (1994).




Artículo publicado en la página web tributo al escritor www.onetti.net

http://onetti.net/es/descripciones/davalos







lunes, 25 de mayo de 2009

"Remo y su loba"






Acá en Roma te encantarían sus fuentes. Yo sé cuánto te gustan. Las moscas aquí tienen más que dos colores; las rojas y las negras son las más comunes de ver. No sabés cómo se las ingenian para posarse encima de los helados de los niños descuidados.


No sabés lo desnudas que son las noches de domingo aquí, cuando comienza mayo, cerca del Stadio Olímpico, al ver todas las motos que llegan como si fueran abejas a su colmena. A mí me duele cuando con un simple silbato el árbitro dictamina el final de la reunión. Cómo me gustaría que vieras en persona cómo se va la gente, cómo se van las motos.


Hay muchas bufandas en Roma; el otro día vi dos enlazadas, una a la otra, cuando subía la escalinata del Campidoglio. Me detengo en los leones y pocas veces miro a los colosos hermanos sólo por la razón de que ellos nunca pueden estar separados, como nosotros. Si supieras lo que significa quedarte sin yerba en la Piazza Colonna bajo la estatua de San Pablo, y pensando en Marco Aurelio, que tanto te gusta.


Deambulo frente al Coliseo y pienso en vos, en las bufandas, en el remoto café con leche tibio antes de imaginarte partir a la escuela. Su silencio me lo permite, al menos a la hora que lo visito. No se ve a sí mismo como un monumento de vanidad. Cuando lo enfrento, comprendo mejor que cualquier clase de historia: los pollice verso de las vestales, de las últimas plegarias de niños frente a los leones y tigres, el olor a quemado.


Hace unos días vi a Dios como lo vi allá; esta vez lo vi en un almacén. Era difuso, niño, pecoso y tenía una manzana roja en su mano. Roja como las bufandas de Roma. Lo reconocí cuando colocó la fruta en el asiento de la moto de un carabiniere, que sin verlo encendía un cigarrillo. A propósito estoy fumando unos muy baratos que le compro a un turco en su quiosco.


Pero en Roma también hay que luchar, hay que vivir sin dejar ser vivido. Aquí somos tantos los gladiadores que día a día luchamos con leones, tigres y hasta con jirafas, como vos lo hacés allá. Por las noches, cuando vuelvo a casa al doblar ciertas esquinas, veo las calles repletas de espejos tirados, como adoquines de las angostas calles de la Ciudad Vieja que, como ellos, miran hacia el cielo buscando algo que no es un simple reflejo.


Se puede vivir en Roma, pero todos somos tan iguales y tan distintos; todos; Roma, Montevideo. Aquí los artistas son como escobas que barren la mugre sin buscar alfombras; sus palas son su único contacto con la basura.


En estas noches de mayo, cuando todas las ventanas están abiertas, hasta las de las hospitales, se pueden escuchar un sin fin de plegarias. No sé por qué te cuento esto, Remo, la verdad es que no lo sé. Quizá porque estamos lejos, pero el lápiz se me cae de la mano pateándome los dedos, protestando, diciéndome que estamos más cerca que antes, de una manera que me cuesta entender. Enlazados, como las bufandas en la escalinata del Campidoglio.


Al menos una vez por mes, sin siquiera planificarlo, visito la Capilla Sixtina. Siempre me aparece tu presencia allí, al estar de pie mirando hacia todos lados como lo haría un cíclope si tuviera dos ojos. Pero no aparecés cuando veo las maravillas de Miguel Ángel, sino que lo hacés cuando cierro los ojos y la huelo profundamente.


Y qué te puedo decir del hoy, de este tres de mayo, cuando hace un ratito, esta mañana, me bajé del ómnibus de golpe en el Arco de Constantino. Viajaba de pie, tomada de la baranda del ómnibus lleno y me quejaba de tener mi motito en el taller de Piero, un amigo fanático de mis canelones caseros a quien le explico que así es el nombre de un departamento de nuestro país (Anche é una provincia, Piero, una provincia!). Cuando hago le llevo algunos que siempre se enfrían en el camino. Y le va tomar mate. Al principio pensé que era de atento pero ya son varios los días que lo he visto con la lengua verde como si fuera la cola de un dragón. ¡Oh, dragones! Deja que te cuente esto..., y al pasar por el arco (quod instinctu divinatis) creí haber visto otras dos bufandas abrazadas en la cima del arco. En Roma, como en Montevideo, es malo ubicarse en la mitad del ómnibus lleno, a no ser a vos que tanto te gusta estar sentado en el pasillo y oler a las chicas como si fueran flores del Rosedal del Prado. Atropellando viejos y niñas busqué bajar, y lo primero que me vino a la mente fueron los guardas que acá no están, que no puedo chistarles, que no me dan con sus miradas un último adiós al bajar. A medida que me acercaba al arco vi unos japoneses con sus diminutas cámaras fotográficas y pensé, por suerte, en el verdadero nombre de esta ciudad. Seguí mi curiosidad y noté que no eran bufandas, sino que eran dos dragones rojos que por la fuerza de su abrazo simplemente desaparecieron con la rapidez del parpadear de mis ojos. Pero mirá que no me puse nada mal, ya que cerca del arco hay un muro que trepé buscando sombra de uno de los árboles, donde sentada tomé este lápiz para escribirte esta carta y con un pedazo de baldosa rota tracé tu nombre en su tronco, seguramente mientras las estatuas inferiores del arco desviaban sus miradas de los lentes de las diminutas cámaras.





M. Dávalos.-





Arco de Constantino, Roma.





Publicado en Revista Freeway.

Mayo 2009.


Relato incluído en "Circo".




domingo, 17 de mayo de 2009

Gracias por el fuego, gracias por el fútbol



Mario Benedetti (atras) y pibe


A los 88 años Mario Benedetti murió junto a los suyos y en su casa. Hacía rato estaba jodido, luchando entre noches de hospital y de pluma. Pero ante semejantes dificultades de salud, el hombre seguía trabajando en un nuevo libro de poesías de nombre tentativo: "Biografía para encontrarme". El laureado escritor escribió más de 80 novelas, ensayos, cuentos y poemarios. Asimismo, es fama su defensa y protagonismo de los derechos humanos en los años oscuros de los gobiernos militares en el Cono Sur. Integró la
Generación del 45, inolvidable en la literatura uruguaya y de gran influencia en Latinoamérica y el mundo, con Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño entre otros.

El fútbol era una de sus pasiones. Es fama sus comentarios hacia Diego Armando Maradona. Su célebre frase sobre aquel gol con la mano ante los Ingleses, en el mundial de 1986: «Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses, con la ayuda de la mano divina, es por ahora la única prueba fiable de la existencia de Dios». También le escribió este poema:


Hoy Tu Tiempo Es Real

Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa
Y aunque otros olviden tus festejos
Las noches sin amos quedaron lejos
Y lejos el pesar que desalienta.

Tu edad de otras edades se alimenta
No importa lo que digan los espejos
Tus ojos todavía no están viejos
Y miran, sin mirar, más de la cuenta

Tu esperanza ya sabe su tamaño
Y por eso no habrá quien la destruya
Ya no te sentirás solo ni extraño.

Vida tuya tendrás y muerte tuya
Ha pasado otro año, y otro año
Les has ganado a tus sombras, aleluya.


Hincha de Nacional, fanático del ídolo tricolor Atilio García ("Me acuerdo que Atilio García no había podido ganar dinero ni para comprarse una vivienda. Si hasta se hizo una colecta entre los hinchas de Nacional para que tuviera una casita"), vio jugar en su explosión a varios: Pelé, Garrincha, Scarone, Di Stefano, Schaffino, Obdulio. Cuando le tocó narrar y tocar el tema del fútbol, nunca pifió. Como otro escritor uruguayo, Horacio Quiroga (quien escribió el inolvidable relato sobre Abdón Porte), siempre iba más allá al narrar sobre dicho deporte, hacia lo que despierta y sus personajes, más allá de los once protagonistas. Lo social, lo psicológico, lo popular. Siempre sin tropezar.

En este recuerdo, sería un crímen dejar pasar el link de su gran relato sobre el deporte padre que es el fútbol. La historia de ese jugador que la debe luchar día a día, vivir con la pobreza y la incertidumbre, y su voz de primera persona es la denuncia final, que busca el escritor. Hay que leerlo. Su relato Puntero izquierdo, de 1954, tiene una estampa tan grande como otros relatos futboleros, como el del Negro Fontanarrosa "19 de diciembre de 1971".

Se fue Mario. Entre sus principales obras se encuentran Poemas de la oficina, La tregua, Andamios, Montevideanos, Gracias por el fuego.

Eso, Mario. Gracias por el fuego.


Nota recomendada: En la cancha de la vida


M. Dávalos.-