viernes 9 de septiembre de 2011

El planeta de los simios: (r) evolución, de Rupert Wyatt (2011)




El film de Rupert Wyatt desempolva una saga dueña de más sombras que luces y la refresca desde la base de su argumento: la constitución, expresión y evolución del líder de una rebelión, el simio César. Un protagonista fuera de tiempo y espacio. Den al César lo que es del César, y al cine lo que es del cine.



El planeta de los simios: (r) evolución no es la peor traducción posible de Rise of the planet of the apes, su título original, aunque dista de ser correcta. De todos modos, el film actúa como precuela del clásico El planeta de los simios, dirigido por Franklin J. Schaffner en 1968 y basado en la primera novela del escritor francés Pierre Boulee en 1963. Cuarenta y tres años después, se narra el origen de la rebelión de los simios —que en un futuro ambienta la obra de Schaffner, ya con los primates gobernando el planeta—. Y aquí algunas de sus diferencias: mientras el primer film se especializa en el individuo, con la efectiva e inolvidable escena de George Taylor (Charlton Heston), el hombre, de rodillas y derrotado ante los restos de la Estatua de la Libertad como símbolo e hipérbole, y su creíble mea culpa y lamento por la condición humana, o mejor dicho por su acción, el nuevo se inclina a la constitución y evolución del líder de una rebelión, el simio César. Según parte de su argumento —la rebelión de los simios contra humanos—, y teniendo en cuenta el conjunto de la saga, la nueva obra se relaciona más a Conquista del Planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1972) que a cualquier otra.


César y Will

La trama, por su parte ubica al médico Will Rodman (James Franco) en un laboratorio desarrollando una investigación en busca de la cura del mal de Alzheimer bajo el paupérrimo liderazgo del médico-empresario Steve Jacobs (David Oyelowo). El primate hembra “Ojos brillantes”, capturada en la jungla, dueña a través de una terapia genética de “la cura” para la enfermedad a estudio, es asesinada a balazos durante un incidente en el laboratorio y deja a su crío huérfano, y hereditario genético, que Will decide llevar a casa para salvarlo de ser sacrificado y lo bautiza con el nombre de César. Aquí dejamos el laboratorio y pasamos al espacio familiar, el hogar, donde se desenvuelve el conflicto generacional: la relación padre-hijo, tanto la de Charles (John Lithgow) con Will, y la de este último con César (creado digitalmente sobre la actuación de Andy Serkis) en su calidad de padre adoptivo. El conflicto se nutre de una realidad, una experiencia: Charles sufre de Alzheimer y su hijo lo medica clandestinamente con importantes adelantos, aunque pronto aparecen los evidentes problemas de convivencia entre los distintos mundos, que terminan con César en un centro de reclusión para primates.

Volviendo al concepto de evolución, éste se basa, en primer término, en lo que le ocurre a César desde el primer hasta el último minuto de la cinta: la que se desarrolla, a vuelo de pájaro, en su confinamiento y luego en la ascensión de una rebelión bajo lema de mosquetero “Uno para todos y todos para uno”, el simio que pasa de ser una víctima a ser líder y protagonista fuera de tiempo y espacio, gracias al acierto de los guionistas Rick Jaffa y Amanda Silver; en segundo término, el film es toda una evolución respecto a la última versión de El Planeta de los simios realizada diez años atrás, a cargo de Tim Burton, que se pasó de autorreferencial, caprichoso, y con su autobombo artístico no sólo destruyó su película, sino que casi destruye toda la saga. En cambio el director británico Rupert Wyatt (El escapista, 2008), con orden y sobre todo con mucha más humildad, la refrescó y levantó, sin perseguir la panacea cinematográfica.

Wyatt realizó varios aciertos. Como en el manejo del escenario, del espacio visual. Aunque gozara de los actuales adelantos tecnológicos, San Francisco no le quedó grande, ciudad con peso propio como pocas en Hollywood —desde Vertigo (1958) y The Birds (1963) de Alfred Hitchcock hasta Bullit de Peter Yates (1968)—. La batalla final en el simbólico Golden Gate entre animales, entre hombres y simios, entre armas y músculo, entre lógica e instinto, funciona y es efectiva como metáfora, como puente. Para expandir aún más el logro, la labor del equipo técnico de Weta Digital en las animaciones CGI y efectos en los movimientos y expresiones de los simios es más que un lujo, es la dirección tecnológica a la representación visual deseada, una alternativa “forma ilusoria y sensorial del mundo”, citando a Arthur Schopenhauer.

Asimismo, dentro del espacio visual establecido —y aquí toda una sorpresa subjetiva como espectador— en este film se aprecian referencias al cine o, al menos, a grandes momentos de su historia. Como el caso de la aproximación de su argumento con el de Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), más allá del esclavo que lidera una rebelión; de la semejanza de César, en la relación amo-creación, con Frankenstein (James Whale, 1931); o por otro lado, mucho más subjetivo, a Alfred Hitchcock. No porque la historia se desarrolle en San Francisco, escenario predilecto del Maestro; sino que en este caso se aprecia en la primera escena en que se presenta el avasallante espacio natural del bosque Muir y sus típicas sequoias, cuando Will y su novia Caroline llevan a pasear a César; aquí, Wyatt aplica tributo a su compatriota de forma inmediata: un plano que recorre una sequoia, brindándole importancia como en la célebre escena de Scottie y Madeleine en Vertigo. Mientras que en el film de Hitchcock el árbol es más pulsión que el peso de la naturaleza o el paso del tiempo, en el caso de Wyatt no es más que un sutil tributo o la presentación del espacio de los simios.


No sólo hay referencias cinematográficas, sino también están las literarias, mucho más explícitas, por ejemplo en la elección del nombre del simio por parte de Will: en una escena en su casa se aprecia, adrede, la tapa del libro Julio César, la tragedia de William Shakespeare basada la caída del emperador romano, y que puede llevar a más de uno a alejarse por un momento de la saga y pensar en paralelismos entre las obras, quizá con la obviedad de las llegadas de los traidores en un futuro. Por supuesto, este razonamiento no es más que una especulación.

Pero más allá de referencias, nada es perfecto y menos en el cine. Lo que el guión destina con aciertos a la concepción y expresiones en los simios, lo pierde en el resto del elenco, los humanos: James Franco, Freida Pinto (Caroline, novia de Will), Tom Feldon (Dodge, el carcelero de los simios) y David Oyelowo, pasan sin pena ni gloria, especialmente este último, un cliché caminante ávido de dinero y expresiones poco felices. Ni siquiera el veterano Brian Cox (John Landon, autoridad de la cárcel) asoma la cabeza. Los únicos que superan la prueba son John Lithgow como Charles Rodman, padre de Will, y Andy Serkis, interpretando junto a la tecnología a César, como años atrás lo hizo con Gollum en la trilogía El Señor de los Anillos de Peter Jackson.


Rise of the planet of the apes, según su nombre original y el peso de la palabra “Rise”, supone la presentación de César y su ascensión, rebelión y también su evolución como líder. Asimismo, Rupert Wyatt logra su propósito: desempolvar y refrescar la zaga y tomar la base de la historia para construir y bifurcar sus propios argumentos. Pero su mayor triunfo no es ése, sino que en tiempos vertiginosos del cine actual y comercial de Hollywood, plagado de efectos y tecnologías con poco efecto real, creíble o realmente trascendente, aplica con precisión los artificios y pasa la prueba; y además, tiene una historia bien contada y que quiere más.


Director: Rupert Wyatt
Guión:
Rick Jaffa, Amanda Silver
Fotografía:
Stephen F. Windon
Elenco:
James Franco, Andy Serkis, John Lithgow, Brian Cox, Freida Pinto, Tom Feldon, David Oyelowo
Duración:
105 min
20th Century Fox


Trailer: