
En el western el odio, la venganza y el destino son tópicos recurrentes. Ni que hablar de la violencia. Ni que hablar del trazo de la épica. Su escenario clásico por excelencia: el Lejano Oeste de Estados Unidos en el siglo XIX. Aquí el más rápido con el revólver manda. Pero por momentos hay lugar para la justicia, la ética y el raciocinio más allá de las balas. La película que mejor planteó el conflicto del paso del tiempo cautivo en el espacio —otra posible definición del género— es la más melancólica en la historia del cine, asimismo la gema del género: El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford (1962).
Django
sin cadenas
es un western que Quentin Tarantino iba a realizar en algún momento
de su carrera. Un director de
alevosa cinefilia que tomó del género varias de sus características
cinematográficas para adaptar a su propia visión. En Perros
de la calle
(1992), la presentación de los gangsters que caminan en línea evoca
a un moderno del género, Sam Peckinpah (La
Pandilla Salvaje,
1969).
En su segundo film, Tiempos
Violentos (1994),
da
un paso adelante con la parodia a estos y su orbe; y asimismo
recuerda a
Banda
Aparte
(Jean-Luc
Godard, 1964)
en
su guiño al “pulp western” y en su estética visual: desde un
guión misceláneo que apela a extensos diálogos entre irrelevantes
y filosóficos de Vincent y Jules y el colmo de la farsa en la
indumentaria de ambos en el restaurante, hasta la historia del
boxeador Butch, con un Bruce Willis al que las palabras redención y
venganza quedan cortas cuando conduce su chopper sobre el pavimento
como si domara a un caballo curtido en el desierto. En Kill
Bill I y
II (2003
– 2004), en la relación de planos y el montaje, Tarantino recurre
a Sergio Leone (Por
un puñado de dólares,
1964; El
Bueno, el malo y el feo,
1966). El western siempre presente.
En
2009, con Bastardos
sin gloria Tarantino
continuó tomando elementos fílmicos y narrativos del género. Y
aquí dio un paso de mayor riesgo: filmó un western bélico con un
detalle tan lírico como cautivador: el cine, la proyección de un
film en una sala, actúa como un explosivo que termina con la vida de
Adolf Hitler. Con Django
sin cadenas,
Tarantino finalmente llega al western sin indirectas.
Un
negro a caballo y un director que explota
1858,
a poco más de dos años del comienzo de la Guerra Civil. Texas. El
primer plano de la película es explícito: rocas bajo un sol que
calcina, créditos en letras rojas de sangre, y las espaldas
destrozadas de un grupo de esclavos encadenados que marchan.
Tarantino decide abrir su película con piedras, símbolo de tortura
inmutable para generaciones de negros explotados y abusados: lo
último que vieron esos ojos antes de morir. La apertura logra aún
mayor impacto con la música: “Django”, de Luis
Bacalov y Franco Migliacci, canción del film Django,
de Sergio Corbucci (1966), clásico del “spaghetti-western”.
;

En la fría noche aparece en
escena el hombre civilizado: Dr. King Schultz (Christoph Waltz),
exdentista y actual caza recompensas de origen alemán, personaje
escogido por Tarantino para cambiar el rumbo de la historia. Un
interés económico lo reúne con el esclavo Django (Jamie Foxx), a
quien su propuesta desencadena y ambos prosiguen juntos un nuevo
camino que se proyecta bajo la calidad de la fotografía de Robert
Richardson en planos generales de los bucólicos paisajes del sur de
Estados Unidos. Schultz y Django en el camino, con reminiscencias al
Quijote de Cervantes y a las buddy
movies de
Laurel y Hardy. El director emprende su retrato con recursos del
género: el clásico uso del zoom y la estentórea banda sonora que
incluye a Ennio Morricone (“The Braying Mule”; “Un monumento”)
y a James Brown con 2Pac ("Unchained: The Payback/Untouchable").
El western necesita de héroes
y leyendas. Aquí el propósito de Django: encontrar a su mujer.
Schultz introduce, con el recurso de la oralidad, el mito: un
Sigfrido negro en busca de su amada Broohmilda (Kerry Richardson),
también esclava y de paradero incierto. En la odisea los jinetes se
cruzarán con sheriffs poco amistosos, una ridícula runfla de
simpatizantes del Ku Klux Klan liderada por Big Daddy (Don Johnson),
y con el sádico dueño de la plantación de esclavos Candyland: el
señor Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), apoderado de Broomhilda y
aficionado a los combates a muerte entre “mandingos”. Nuevamente,
Tarantino acierta en el elenco: ecléctico y cabal. Y hasta se da el
gusto de contar con Franco Nero, el viejo Django de Corbucci, en un
cameo.

Las
casi tres horas de duración de la película no se padecen. El ritmo
puede decaer por momentos, pero siempre el director lo refresca
cámara en mano o desde el guión: ya sea con un festín de sangre
que recuerda los rituales de Kill
Bill
y Bastardos
sin gloria, o
con
escenas
que estilizan la narración y persisten: imágenes de
un esclavo
al que le echan encima perros rabiosos en la memoria de Schultz —a
quien su carácter ilustrado y su valentía lo emparentan tanto con
el abogado Stoddard
como con el vaquero Doniphon de
El
hombre que mató a Liberty Valance—;
o la escena de la justificación de superioridad racial, según
Candie, con un cráneo y una sierra en una sobremesa.
Django
sin cadenas
relata una historia de amor. Una historia de venganza. Una denuncia
crítica y atemporal de lo abominable. La colisión entre el mundo
civilizado y el salvaje. Pero sobre todo relata la historia de una
amistad: el viaje de un doctor con tintes de legendario por su
sacrificio personal junto a un negro excepcional. Sus leyendas se
funden en el western de ese libertino del cine llamado
Quentin Tarantino.
Dirección y guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Vestuario: Sharen Davis. Elenco: Jamie Foxx, Chistoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Don Johnson. Duración: 165 minutos. 2012.
Trailer:

Dirección y guión: Quentin Tarantino. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: Fred Raskin. Vestuario: Sharen Davis. Elenco: Jamie Foxx, Chistoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Kerry Washington, Samuel L. Jackson, Don Johnson. Duración: 165 minutos. 2012.
Trailer:
1 comentario:
Me gusta mucho la historia a pesar de tratarse de una película que refleja un tema fuerte como lo es la esclavitud , me gusto la cinta protagonizada por Jamie Foxx y Kerry Washington, aunque maneja muchas escenas cargadas de sangre, de disparos y de pelas que deja cierta moraleja sobre estos temas polémicos.
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