
No es que siempre deba haber conflicto necesariamente entre las partes, como sí se le presenta en una primera instancia al espectador, pero en Habemus Papa —teniendo en cuenta el inicio y sobre todo el final del film, según la base del argumento—, aunque el tono sea de comedia y sátira por momentos, el cineasta deambula y apela con su mensaje a la ligera en ejemplos claros: la escena de la canción “Todo Cambia”, de Mercedes Sosa —quizás sea este un anticipado como contundente adiós al fin de la era Berlusconi—, y en el intento de rescate al Papa por parte de los cardenales en un teatro capitalino: escenas poco creíbles, remiendos en el argumento, escogidos por Moretti.
Por otro lado está Melville, interpretado por Michel Piccoli, el salvador del film. Su actuación es lo mejor de Habemus Papa, y por lejos. Un fuera de clase elegido en su momento por Luis Buñuel en Belle de Jour (1966) y en El discreto encanto de la burguesía (1972); por Alfred Hitchcock (Topaz, 1969); y por Jean-Luc Godard en Le Mépris (1964). Lo eligieron Papa, a Melville, al hombre, quien siempre deseó ser actor de teatro y recitar a Chéjov en el escenario: su escape en las calles de Roma, al mundo exterior, su rol dramático “en carne viva” es clave para el contraste en el intercambio de roles que ocurre en la Iglesia, puertas adentro, con el psicoanalista Brezzi y los cardenales tratados como pacientes, jugando el campeonato de volleyball con guiños a un Mundial de Fútbol de tiempos corrientes con Oceanía como la cenicienta y Latinoamérica la grata revelación.
El progreso del conflicto interno de Melville, y su resistencia al nombramiento externo como Papa, según las reglas de una institución, es lo más gratificante del film junto con la ambientación del Vaticano de Moretti, la fotografía de Alessandro Pesci y el vestuario de Lina Taviani. La última escena de Habemus Papa es bella, estoica y más que correcta; lástima que los remiendos en la trama se pueden ver hasta en las butacas del cine, mientras caen los créditos finales. En Habemus Papa non habemus al mejor Nanni Moretti.
El progreso del conflicto interno de Melville, y su resistencia al nombramiento externo como Papa, según las reglas de una institución, es lo más gratificante del film junto con la ambientación del Vaticano de Moretti, la fotografía de Alessandro Pesci y el vestuario de Lina Taviani. La última escena de Habemus Papa es bella, estoica y más que correcta; lástima que los remiendos en la trama se pueden ver hasta en las butacas del cine, mientras caen los créditos finales. En Habemus Papa non habemus al mejor Nanni Moretti.
3 comentarios:
me gustó, pero concuerdo. quiero decir, yo esperaba la historia criminal del cristianismo, 6 tomos, pero es moretti, te va a echar mostaza en el dulce de leche, para hacerla gastronómica. pero para hacerla gastronómica exprimilo, por ejemplo ¿elige mostrar las junturas o no tiene más remedio? andá a saber. toda la película la vi como una claudicación, ahí no se puede entrar del todo, cerraron; se mueve entre el preferiría no hacerlo y el no me han dejado, y acaso sea una pista el opinólogo en la tele que tira un título efectista y se queda mudo de golpe, se quiebra y amenaza con flagelarse. todos en el bar esperan qué va a decir, qué va a decir. "la verdad que no entiendo nada", dice. "estaba improvisando".
como si deviniera una película sobre actores, si acaso, y no es tiempo de comedias, decía uno en il caimano.
me dejó mal, incómodo, el final incómodo. revélese, rebélese, moretti!
ma no.
sí, como usted dice, tal vez. y falta jennifer beals.
bueno,
saludetes, compañero
El final es bueno, la última escena. Pasa que los remiendos...
Publicar un comentario en la entrada